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Crítica de «Philomena» (****): De las pérdidas y los encuentros

Judi Dench, ese portento que igual hace de jefa de James Bond que de carne inmortal de Shakespeare

D�a 28/02/2014 - 09.48h

Stephen Frears ensambla dos historias muy oídas últimamente: la de alguien que sale despedido de la ruleta de casino de la política para retomar su oficio de escribir, pero al gusto de la moda, sucesos de interés humano, y la de una anciana a la que unas monjas dieron a su hijo en adopción, que había nacido allí, en el Convento. El ensamblaje es un cartel que anuncia drama, y que Stephen Frears gobierna con pericia para que el evidente drama que anuncia tenga la profundidad adecuada, pero también una especie de ligereza, ironía, gracia y pensamiento suficiente como para no conformarse, sólo, con la lágrima del espectador. Y esto lo logra con la sustancia y el latido de la relación entre esos dos personajes, el cínico y descreído escritor y la cándida, terca y creyente madre desposeída. Personajes que interpretan con absoluto magisterio, verosimilitud y fuerza dramática y socarrona Steve Coogan y Judi Dench, ese portento que igual hace de jefa de James Bond que de carne inmortal de Shakespeare.

El bocado argumental es la búsqueda del hijo perdido hace cincuenta años, que la película mastica mediante el viaje de esos dos seres humanos a su encuentro, el del hijo y el de ellos mismos, que adopta el aspecto de un suave combate entre la impertinencia de uno y la maduración, sencillez y serena ilusión de otra..., una amistosa refriega entre la malicia, el sarcasmo y el nihilismo de un hombre curtido en la hipocresía y el escepticismo, y la fuerza interior, la fe y los principios bien lavados y peinados de una mujer que entiende, asume y domina ese terreno rugoso entre el odio y la aceptación. Hay momentos en Philomena de intensa conexión emocional con el espectador, pero también los hay con sus terminales de razón y reflexión. Y sorprendentemente, se aprecia una voluntad de equilibrio entre lo que es una crítica dura y certera a los métodos rancios y crueles de una caridad mal entendida y una mirada armónica a la dignidad de quien recibe la pedrada salvaje pero no admite que la herida le robe también sus principios.

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