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Crítica de «Dallas Buyers Club» (****): Cowboy contra el mundo

McConaughey no ha ganado el Oscar por quedarse literalmente en el chasis, sino por conducir sin excesivas trampas ni volatines su personaje desde el desprecio hasta más allá de la estima

Día 15/03/2014 - 02.33h

Nosotros llegamos algunos minutos más tarde que la Academia de Hollywood para descubrir el escalofriante rosario de sacrificios que ha hecho el actor Matthew McConaughey para encarnar a Ron Woodroof, un cowboy tramposo, putañero, sidoso, alcohólico, antipático y que desprecia la higiene, la integridad, a los homosexuales y a cualquiera que se cruce en su nuclear y chorreante sentido de la vida..., un personaje que le obliga al espectador a verlo haciendo pinza con los dedos en la nariz y al que acabará traspasando no ya toda su admiración, sino la escritura de su propia casa si fuera menester.

McConaughey no ha ganado el Oscar por quedarse literalmente en el chasis (es difícil reconocer entre esa olla de huesos al guaperas de tanta película trivial), sino por conducir sin excesivas trampas ni volatines su personaje desde el desprecio hasta más allá de la estima. La historia de Ron Woodroof es real, o incluso hiperreal, y sucedió a principio de los años ochenta, cuando el virus del Sido era un tiro en la nuca y las compañías farmacéuticas consiguieron con el fármaco AZT licencia para matar, y en eso es en lo que fundamentalmente se centra la película dirigida por el canadiense Jean-Marc Vallée; o mejor, en la lucha de ese hombre contra las compañías farmacéuticas y por sobrevivirlas.

El retrato es espeluznante, no sólo el de esas dos luchas del protagonista, sino también del paisaje a su alrededor, donde se dibujan personajes explosivos (como el que interpreta Jared Leto, por el que también ha ganado un Oscar secundario) y donde se introducen polémicas reflexiones sobre lo legal y lo ilegal, lo mundano y lo espiritual, y hasta sobre los límites de lo histriónico, lo sórdido y lo real.

Dallas Buyers Club no es tanto una película agradable de ver como de haberla visto, pues produce ese doble choque contra el espectador, el del impacto y el de su eco, o digestión. A pesar de que el director se esfuerza en impregnar el drama humano, su agresividad, con un cierto componente cáustico, de intriga rufianesca, de cómica brutalidad (especialmente por el carácter de hidra medicada de su protagonista), que le quita algo de hierro pero no de óxido a la historia. Podría añadirse como curiosidad que esta desventura épica por sobrevivir puede encontrar su correlato en la del propio McConaughey, que ha luchado a muerte contra el AZT de su imagen de actorcillo y ha decidido pasar a la historia como un gran actor.

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