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Crítica de «El Gran Hotel Budapest» (****): Capricho ruritano

El desfile inacabable de actores-cómplices convierten la función en una versión coral de «Dónde está Wally»

Día 28/03/2014 - 10.01h

Ruritania es el nombre de un ficticio estado centroeuropeo, vagamente eslavo, que a los americanos les debía hacer gracia (les permitía expresar sus prejuicios sobre la anticuada Europa, a veces era un poco como la versión austrohúngara de Lepe: una excusa para hacer chistes) porque lo explotaron en comedias de Lubitsch y películas de aventuras como «El prisionero de Zenda» hasta su definitiva parodia en «La carrera del siglo». ¿A qué viene entonces esta resurrección a manos del tejano Wes Anderson, a quien Ruritania le debe resultar tan exótica como a? nosotros?

Niño mimado de la crítica y ejemplo casi único en la actualidad de director de espíritu netamente indie, consentido y financiado por un gran estudio, sospecho que la ha hecho, primero, porque es un capricho que puede permitirse pero, sobre todo, porque una película de época ambientada en un reino imaginario le autoriza a desarrollar sus «manías» de creador: principalmente, digámoslo ya, su creciente desapego por la verosimilitud convencional y el realismo visual.

Anderson se pirra por las composiciones frontales, simétricas y estáticas; por los decorados retro o art deco; por un concepto excesivo del diseño que alcanza desde luego a la apariencia misma de sus personajes. Para eso, me dirán, que haga una película de animación. Ya la hizo, claro, se llamaba «Fantástico Sr. Fox» y era estupenda y desde luego más realista (emocional y casi hasta escenográficamente) que esta, que funciona al revés, como queriendo imponer una lógica de cartoon culto a una pieza de imagen real.

Para algunos puede resultar demasiado excéntrica y amanerada, a veces parece una película estructural de Peter Greenaway, otras un cromo demasiado deliberado y primoroso al que le faltaría el toque humano de su anterior «Moonrise Kingdom». No soy de esa opinión, disfruté como un enano ruritano con el desfile inacabable de actores-cómplices, disfrazados y hablando con acento continental, que convierten la función en una versión coral de «Dónde está Wally».

Y por si queremos reconectar con el mundo real, Anderson no deja de incluir un ominoso anticipo de las guerras de los Balcanes: rudo despertar.

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