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Crítica de «Ida» (****): Del tronco a las raíces

Crítica de «Ida» (****): Del tronco a las raíces

La película es un asombroso proceso de atado de cabos entre una joven que descubre que no se llama Anna, sino Ida Lebenstein, que no es católica sino judía, y una cínica y dura magistrada del aparato comunista

Día 28/03/2014 - 09.53h

Tal vez le resulten disuasorios a un potencial espectador el nombre del director, Pawel Pawlikowski (director polaco afincado en Gran Bretaña), y la inequívoca apariencia de film polaco de los sesenta, en riguroso blanco y negro y con planos de ansiosa vocación estética y estática. Pero lo cierto es que «Ida» propone varias ideas tan interesantes y complejas, con tanto sentido individual y social, que enseguida se entiende que no había mejor modo de contar esta historia.

Se centra en la Polonia austera y tristona de los años sesenta y en una joven novicia, Anna, a punto de tomar sus votos en el convento católico en el que fue abandonada de niña durante la segunda guerra mundial, y que es animada por la Superiora del convento a reunirse antes con su único pariente, su tía Wanda, para aclarar su mirada con «el siglo» previo a dejarlo atrás.

Y la película es un asombroso proceso de atado de cabos y de confrontación entre esos dos personajes, una joven que descubre que no se llama Anna, sino Ida Lebenstein, que no es católica sino judía, y una cínica y dura magistrada del aparato comunista, de alegre codo empinado y con la herida incurable de quien renegó de su pasado y reniega de su futuro.

El viaje de estas dos mujeres hasta las costuras de sí mismas y hasta el trágico destino familiar se traduce en una temperatura extraña, sin dramatismos ni sentimentalismos, con suma frialdad, pero al tiempo de un modo cálido; de forma escueta, ascética, pero alimentada de detalles nocturnos, de «color», con poso romántico y con un trazado musical lleno de encanto y misterio (el personaje del saxofonista y la música de Coltrane).

La interpretación de ambas es espléndida, la joven Agata Trzebuchowska y la veterana Agata Kulesza, que transportan cada una en su físico lo angelical y lo frustrado de sus personajes. Es fácil ver en la forma y en su friso espiritual un atisbo de Bergman o Dreyer, incluso también del Haneke de «La cinta blanca», pero también una ingenuidad kaurismákica y todo ello enlazado con bendita sencillez.

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