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Crítica de «El abuelo que saltó por la ventana y se largó» (***): Un Tati esquina con Zelig

Lo mejor es su fresca desfachatez en el trato de la historia del siglo encajada en la fresca desfachatez en el trato de la historia del anciano

D�a 11/07/2014 - 01.50h

El éxito de la novela de Jonas Jonasson hace ahora pasar por normal lo extravagante del título, un ejemplar oxímoron al que el cine le resquebraja la metáfora al mostrar realmente lo absurdo de la frase: vemos al anciano Allan Karlsson el día que cumple cien años y que salta por la ventana del geriátrico y se larga. Lo simbólico queda, pues, agazapado tras lo absurdo de la realidad. Y la historia consiste en articular en dos tiempos la peripecia de ese hombre y de su siglo, y mientras vemos su presente enredado en una aventura sumamente absurda y empachada de equívocos alrededor de una maleta llena de dinero, el anciano nos cuenta su «brillante» pasado que rima en absurdo y confusión con su actualidad. Es algo así como un continuado elogio a las bondades del azar, que el director, Felix Herngren, pretende enfocar hacia un tono entre Tati y Menzel, y que resulta en ocasiones forzadamente divertido y siempre vitriólico y algo inmoral. El personaje se revela como una especie de Zelig, que ha estado chupando cámara en los asuntos más cruciales del siglo, junto a Franco, a Stalin, a Oppenheimer (al que le resuelve, por azar, los dilemas de la bomba atómica), y hasta a Einstein, aunque no Albert, sino un hermano igual de embigotado pero jocosamente lerdo... Todo visto en un espejo cóncavo.

Lo mejor de «El abuelo que...» es su fresca desfachatez en el trato de la historia del siglo encajada en la fresca desfachatez en el trato de la historia del anciano, unidas ambas en una demencia que coloca lo real, lo irreal, lo creíble y lo increíble en el mismo estante. Sólo queda con esta película divertirse y aceptarla como metáfora resquebrajada. Al personaje centenario y dinamitero lo interpreta el actor Robert Gustafsson, que tiene exactamente la mitad de años, cincuenta, pero que se ha echado encima los otros cincuenta con naturalidad y sentido del humor y del (poco) ritmo.

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