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Crítica de «El amanecer del planeta de los simios» (***): Los monos también cuecen habas

Lo ejemplar del trabajo de Reeves es que prevalezcan las contradicciones, y que el espectador no mantenga ante la historia un prejuicio de especie

D�a 18/07/2014 - 12.22h

Por más vueltas que le dé el cine a ese «Planeta de los Simios» (que es el nuestro), su imagen más poderosa será siempre la de la Estatua de la Libertad semienterrada en la arena de una playa ante el careto perplejo de Charlton Heston. A pesar de lo cual, no dejó de ser sorprendente esa singular precuela titulada «El origen del Planeta de los Simios» que, ahora, el mismo equipo de guionistas hace avanzar con semejante espectacularidad. Este «amanecer» continúa justo donde terminaba el «origen», con el sorprendente simio «César» al frente de lo que parece una nueva sociedad de gestión de los asuntos de la Tierra y una escueta, pero fuerte y descerebradilla, resistencia de humanos que han sobrevivido al virus devastador de la especie. Dirige la nueva función Matt Reeves (que perpetró la versión americana de la espléndida «Déjame entrar») y su mayor aportación al lenguaje cinematográfico consiste en articular un equilibrio comprensible entre el comportamiento humano (que conocemos por miles de películas y por miles de vecinos) y el más original comportamiento de la sociedad simia, en el fondo compuesta por individuos tan peculiares y vulgares como los humanos: mono bueno, mono malo, mono fiel, mono rebelde, mono ambicioso, mono con sentido de Estado, o de especie, de justicia, de prudencia y hasta mono con sentido ecológico... Mono con coleta o incluso algo parecido al mono tertuliano.

En fin, una primera mitad de película llena de sutilezas mandrilescas entre los humanos y humanas entre los mandriles. Pero es una película nacida para la taquilla y pronto cuestiona el lindo lema de que hablando se entienden la gente..., y los monos: lucha, acción, espectacularidad, traiciones, malentendidos, poder..., política. Lo ejemplar del trabajo de Reeves es que prevalezcan las contradicciones, y que el espectador (por lo general, humano) no mantenga ante la historia un prejuicio de especie, sino que emocionalmente pueda alternar las trincheras según la lógica del relato. Para ello, es crucial la interpretación de Andy Serkis, capaz de revelar sentimientos muy precisos a través de la careta de César y de justificar, con palabras o sin ellas, un diálogo inteligente, digno y lleno de fortaleza y corazón. Viendo el paisaje y el paisanaje, a este «César» no se le escapaban ni unas primarias, ni unas elecciones ni un «no» en el no-referéndum.

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