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Crítica de «Mil veces buenas noches» (**): Traerse el trabajo a casa

Crítica de «Mil veces buenas noches» (**): Traerse el trabajo a casa

El conflicto que plantea la película es de hormigón armado, por irrebatible pero también por pesado

D�a 08/08/2014 - 15.53h

Juliette Binoche se ha especializado tanto en papeles de sufridora que su atractivo rostro lleva camino de convertirse en un axioma: una pietá. Aquí vuelve a esgrimir su convincente máscara dolorosa y no es para menos: su personaje, Rebecca, es una intrépida fotógrafa de guerra y las atrocidades que presencia se impresionan en su cámara tanto como en su conciencia. La primera escena de la película es insuperable: la vemos documentando desde muy cerca los siniestros preparativos caseros y la letal despedida de la vida (propia y ajena) de una joven suicida islamista.

No es el tipo de trabajo que uno olvida al llegar a casa donde, además, su familia le echa en cara el poco tiempo que les dedica y lo mucho que arriesga la vida con su vocación de dar testimonio de la infamia. El conflicto que plantea la película, pues, es de hormigón armado, por irrebatible pero también por pesado: Rebecca no vive sólo el dilema de familia frente a trabajo, sino que encarna también la mala conciencia de los afortunados habitantes del primer mundo frente a la desolación del tercero. Un conflicto inapelable frente al que se estrellan todos los posibles matices; solo queda el rostro desolado de Juliette mirando a la chica que se pone el cinturón de explosivos?

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