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Crítica de «En un patio de París« (***): Así no hay quien viva

Crítica de «En un patio de París« (***): Así no hay quien viva

No hay sorpresas en este nuevo trabajo de Deneuve que al menos nos permite ver a una Catherine más humana que nunca

D�a 22/08/2014 - 12.00h

Catherine Deneuve continúa incombustible su ya larguísima carrera, y habiendo pasado su edad de una cifra redonda que retiraría a la más pintada (para disimular) en sitios como Hollywood. Además, y esto es lo mejor, no quiere ir de diva y aun es capaz de sorprender: hace cosa un año alababa su capacidad para improvisar en «El viaje de Bettie» junto a actores no profesionales. No hay sorpresas así en este nuevo trabajo suyo que, si finalmente acaba ofreciendo justo lo que promete, pero nada más, al menos nos permite ver a una Catherine más humana que nunca.

Lo que promete la trama al inicio es una historia tierna, supongo que al estilo de «Intocable» (cómo no), un encuentro entre dos huérfanos como aquellos que se reúnen al final de «Moby Dick» en circunstancias apenas un poco más catastróficas. Veamos, él es un desastre, desaliñado y lo contrario de asertivo, y su locuacidad raya el autismo (luego sabremos que se mete cocaína, y todo lo demás, con un fin medicinal: «para hablar»). Todo lo cual no impide que Mathilde, la propietaria del inmueble que encarna Deneuve, decida contratarle de conserje y manitas -cosa que no es-, como una especie de versión disfuncional de su colega de la serie «Aquí no hay quien viva». Y Mathilde, y eso explica quizá su impulso inicial de rescatar a quien tan perdido está, tiene una edad a la que la mente comienza a jugar travesuras. Su relación con lo real no es de psicosis (permitan que exhiba mi título de psicólogo) pero sí está ligeramente desquiciada, como lo revelan algunas de sus manías. La más razonable de ellas es la indignación que le causa visitar y ver transformada la casa de su infancia, un paraíso que compartió con una hermana que murió joven: el cinéfilo no podrá evitar un estremecimiento al recordar a su hermana en la vida real Françoise Dorleac y al admirar el discreto coraje de Catherine al incorporarlo a su personaje.

Finalmente se revela que estos dos huérfanos sufren de males afectivos que no tienen gran remedio; eso elimina la vía populista del final feliz y hay que agradecer que la película nos lo ahorrre. El problema es que el camino de llegada a esa forma de resignación no resulta casi nunca lo bastante inspirado o emocionante. Pese al placer de seguir viendo a la Deneuve envejeciendo ante nuestros ojos.

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