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Crítica de «El secuestro de Michel Houellebecq»(****): Crónica de un naufragio sin agua

Las situaciones y conversaciones están empapadas de un insólito humor entre negro y ácido que convierten la película en una singular batalla entre lo absurdo, lo tonto y lo sublime

D�a 29/08/2014 - 11.11h

Houellebecq tiene el aspecto de Leopoldo María Panero tras un par de noches de aquelarre; habla y mira como si ya no pudiera beber más, cosa que no es cierta, y aparenta el mismo vigor que un espagueti demasiado hervido. Pero ésta es su cara B, la A es su escritura: robusta, bulliciosa, retadora. El escritor es también el actor principal, aunque dé la impresión de no saberlo, de esta historia ¿ficticia? sobre su secuestro. Huele tanto a documental como a ficción, y nos presenta a un Houellebecq al que cualquiera le daría unas monedillas por las calles y al que un extravagante trío de facinerosos rapta con la dudosa intención de obtener un rescate... Es ficción porque el escritor nunca habló de que tal cosa sucediera, y es realidad porque es cierto que desapareció hace un par de años durante más de una semana sin ofrecer luego una explicación inteligible de lo que le pasó. Esta docuficción la ha dirigido Guillaume Niclaux y en ella se revela la personalidad de Houellebecq y se fantasea sobre la relación surrealista entre él, sus captores, la familia que lo mantenía «secuestrado» y el peculiar vecindario... La lógica argumental se diluye en el fondo del vaso de vino perpetuo que el raptado maneja con sus manos esposadas, y las situaciones, conversaciones y hechos están empapadas de un insólito humor entre negro y ácido que convierten la película en una singular y entretenidísima batalla entre lo absurdo, lo tonto y lo sublime: uno ha de ir acostumbrándose a que ese tipo encerrado, que tortura a sus carceleros pidiéndoles un mechero a cada rato, sugiriéndoles que traigan mejor vino (de la Ribera del Duero, a ser posible), que se ríe de sus opiniones literarias y políticas, y que habla con la madre de uno de ellos de las cosas de la vida, no es que tenga el síndrome de Estocolmo, es que tiene la cara chupada pero bien dura de tipo puñetero que abusa de su fragilidad. Como película es magnífica y desconcertante, y como retrato de Houellebecq está entre Antonio López y Munch.

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