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Crítica de «La gran seducción» (***): Un médico simplón para un pueblo enfermo

Una mezcla hilarante (si no te importa que pisen tu zona verde) de populismo, criket, sindicalismo barato y romance chapucero

D�a 19/09/2014 - 10.45h

La osadía argumental de esta «incorrecta» comedia sonrojará a los verdes, pues el fondo de su tesis la podrían vender como laxante para el ecologista atascado: un pequeño pueblo pesquero en el que sus habitantes viven del subsidio encuentra como única solución para la supervivencia y el progreso la construcción de una gran fábrica para contener residuos tóxicos, y para ello necesitan dos requisitos: un médico residente y satisfacer el soborno político para la adjudicación. Tal vez todo esto suene a drama, pero «La gran seducción» es una auténtica comedia que explota varios graciosísimos tópicos para engatusar a un joven y desastroso médico con el fin de que encuentre atractivo el lugar, y que mantiene al espectador tan pendiente de sus risas que no reparará en las zonas más endebles del producto. Una mezcla hilarante (si no te importa que pisen tu zona verde) de populismo, criket, sindicalismo barato, romance chapucero a cargo del necio y encantador Taylor Kitsch y la elegante Liane Balaban...

El director es el canadiense Don McKellar, y el guionista Ken Scott, que ya firmó el guión de la primera versión cinematográfica de esta historia, también canadiense y dirigida en 2003 por Jean François Pouliot. Este «remake» cuenta con esa fuerza vikinga de Brendan Gleeson, el narrador y el urdidor de los puntos de conflicto de la comedia: nostalgia de pueblo contra peste de ciudad, dignidad del trabajo contra deshonra de subsidio, la verdad de la mentira contra la mentira de la verdad... No puede decirse que el argumento no esté algo carcomido por el tópico y lo predecible, pero sí puede decirse que hay momentos de un humor implacable, con situaciones de carcajada (esos partidos de criket, esas enfermedades que hay que curar) y unos personajes salidos del fondo de armario de un pueblo moribundo, como el banquero con síndrome de cajero automático, que le dan a la comedia un enorme encanto y una evidente eficacia: al que no se ría mucho le devuelven el dinero de la entrada.

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