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Crítica de «La isla mínima» (****): Una intriga seca en un mundo húmedo

Película triste, crepuscular, magníficamente filmada por fuera como por dentro, con un pulso que no deja ni un instante de latir y cuya atmósfera es una perfecta ecuación de espacio y tiempo

Día 26/09/2014 - 13.41h

Su paso por el Festival de San Sebastián ya le habrá facilitado al lector algunas pistas sobre esta película de intrigas que sitúa a su director, Alberto Rodríguez, en lo alto de una escalera que ya empezó a subir con «El factor Pilgrim» y que no ha dejado de ascender: «El traje», «Siete vírgenes», «After», «Grupo 7»? Con imágenes precisas, de altura, sitúa su argumento en espacio y tiempo precisos: son los años ochenta y es en ese terreno empantanado de la marisma del Guadalquivir. También sus personajes principales, dos policías de frente cuyo perfil se irá enfocando progresivamente; y por supuesto, ya de entrada, sitúa el caso: dos adolescentes desaparecen en una noche de fiesta y que será el arranque de la trama.

Nadie duda, y menos aún la película o su director, de que se trata de una investigación policial, pero la destreza de ambos (película y director) se encargan de que un seco naturalismo y un húmedo retrato de época se imponga a la misma altura que la intriga para hablarnos, en ese lugar de tierra y agua, donde los caminos se cruzan a veces para no ir a ningún sitio, de un tiempo que se está yendo y de otro que está llegando, y la personalidad, o el pasado, o el futuro, de esos dos policías son también caminos separados pero que confluyen (el pasado franquista, el aire nuevo, lo inexplicable de las fidelidades y de las mutaciones son el contenedor moral de la geografía e historia del argumento).

Raúl Arévalo y Javier Gutiérrez son los actores encargados de perfilar a esa pareja policial, a la que algunos han visto la huella de la serie «True detective», y lo hacen con temperaturas muy distintas, la frialdad y desencaje de uno, y la potencia, vehemencia y complejidad ética del otro. Junto a esto, la trama se entretiene (o nos entretiene) en la descripción física y química de los personajes del lugar, a los que se puede ver con los tintes residuales del tiempo viejo, los «tics», miedos, vicios y precauciones de una época que se supone que se está borrando de la pizarra del paisaje, pero que aún rechina la uña contra ella. Esta voluntad de Alberto Rodríguez por ensanchar el dibujo, por entretenerse mirando la riqueza y el estertor de un mundo que se borra, le lleva a enturbiar la propia trama policial, a dejarse hilachas sueltas del caso, a cerrarlo sin el «clic» perfecto de lo hermético, de lo no bien resuelto o acabado, tal vez como metáfora de nuestra propia Historia.

Película triste, crepuscular, magníficamente filmada por fuera como por dentro, con un pulso que no deja ni un instante de latir y cuya atmósfera es una perfecta ecuación de espacio y tiempo. Y que dentro de una ajustada tonalidad de interpretaciones, de adecuado fondo actoral, sobresale la del magnífico Javier Gutiérrez, que encarna con fuerza y sentimiento brutos todo ese conflicto soterrado entre dos mundos, que le pone integridad a lo inmoral y pureza al olvido.

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