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Crítica de «A escondidas» (***): De muros y armarios
Los protagonistas de «A escondidas», en una imagen del filme

Crítica de «A escondidas» (***): De muros y armarios

En su tenue y emocional retrato de la homosexualidad incipiente estaría justo en los antípodas de «La vida de Adèle»

Día 10/10/2014 - 01.22h

El director, Mikel Rueda, rubrica su película con una dedicatoria a Álex Angulo, que hace en ella un pequeño papel, uno de los últimos antes de su trágico accidente. Pero los protagonistas de esta historia son dos adolescentes, uno es inmigrante marroquí y otro del extrarradio de Bilbao, que se cruzan, se encuentran y sintonizan en una embarazosa amistad con una recatada inclinación a lo amoroso. Una especie de nudo entre dos huidas, la del inmigrante que no quiere ser expatriado y la del chico desenfocado en su ambiente de barrio y machismo juvenil...

No es fácil encontrarle la naturalidad y el equilibrio a ese doble nudo, pero Mikel Rueda se esfuerza en no caer en la frase hecha (y mira que las hay al respecto) mediante una narración y un montaje alterado en tiempo y espacio que le exige atención y emoción al espectador. Todo está descrito, aún en su zigzagueo narrativo, con el mismo tono confuso y desconcertado que el que viven esos dos adolescentes desarraigados que tratan de amoldarse no a sus ambientes sino a lo que empiezan a descubrir en ellos mismos; y en ese sentido, en su tenue y emocional retrato de la homosexualidad incipiente, estaría justo en los antípodas de «La vida de Adèle», y no sólo en lo que se refiere a lo carnalmente explícito, que aquí no existe, sino también al retrato social opresivo, menos sutil, más desfasado, como de manual. Pero impacta la nobleza y la espontaneidad de los dos personajes, o de los actores que los interpretan, Adil Koukouh y Germán Alcarazu.

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