ABC.es

HoyCinema

patrocinado por .
Crítica de «Perdida» (****): Autopsia del matrimonio
Un fotograma de la película

Crítica de «Perdida» (****): Autopsia del matrimonio

El bisturí se clava hasta el fondo y deja a la vista los órganos dañados de la pareja, en un examen clínico que va más allá de lo personal

D�a 10/10/2014 - 01.23h

Empieza «Perdida» con un plano tranquilo de la cabeza de Rosamund Pike -por fin alcanzará la fama que merece, en un papel de caramelo-, sobre la que resuenan los pensamientos de Ben Affleck. Su personaje trata de adivinar, con inesperados destellos de violencia, qué ideas puede albergar un cráneo tan hermoso y frágil. «¿Qué estás pensando? ¿Qué estás sintiendo? ¿Qué nos hemos hecho el uno al otro?». Después de este prólogo cargado de significado, David Fincher comienza un relato que podría pertenecer a cualquier telefilme de sobremesa, si no fuera por lo excelso de su escritura.

Cada plano del director de «Seven» lleva impresas sus constantes vitales y las de sus colaboradores. La música de Trent Reznor y Aticus Ross completa la textura que le da siempre Jeff Cronenweth a la fotografía. La mirada más inocente se convierte así en el preludio de algo a lo que siempre conviene prestar atención. Solo una duda flota, en esos primeros minutos, al menos para el espectador que no haya leído la alabada novela de Gillian Flynn. ¿Tendrá la historia suficiente gancho o veremos el ejercicio de estilo de un virtuoso? La escritora, por cierto, se autoadapta, con el detalle añadido de cambiar el final pensando en sus lectores.

[Consigue este domingo con ABC, por 1 euro, «Seven», de David Fincher]

Lo que sigue, por si alguien lo dudaba, es apasionante. Enseguida nos vemos inmersos en el clásico misterio: una mujer desaparece y la policía -excelente Kim Dickens, al igual que el abogado, Tyler Perry, y la hermana, Carrie Coon- empieza el rastreo de la única manera posible: por el no tan compungido marido. Ben Affleck sigue riéndose de sí mismo cuando es preciso y además empieza a dominar distintos registros.

El ritmo al que respira la historia es puro Fincher, un tipo que hace películas largas (dos horas y media, en este caso) incluso cuando parece innecesario. Desde que se ha aficionado a las series, parece aún más interesado en desarrollar a fondo sus personajes. De hecho, en uno de sus magistrales fundidos entre géneros, pasa de la intriga al melodrama y lo que importa ya no es tanto resolver el misterio como ahondar en los motivos. ¿Qué se han hecho esas personas y qué pueden llegar a hacerse? El bisturí se clava hasta el fondo y deja a la vista los órganos dañados del matrimonio, en una autopsia que va más allá de lo personal.

En alguno de sus giros y saltos, también por el tiempo, la película parece a punto de desbocarse. Tiene gracia que a la proyección para la prensa asistiera Pedro Almodóvar, porque la cinta tiene algo de su espíritu, solo que con los colores más desvaídos. Hay incluso alguna frase gloriosa, a medio camino entre Douglas Sirk y Chus Lampreave, que arrancó las risas y los aplausos de los críticos (algo insólito entre gente que va gratis al cine). El manchego tuvo que sentir casi como propio ese guiño al esperpento, que en sus manos, quizá, se habría desmadrado. Pero Fincher tira de las riendas e imparte una nueva lección sobre cómo trenzar estilos y estados de ánimo. No pierde el hilo de su partida de ajedrez ni cuando se fija en lo accesorio y dedica afiladas críticas al circo mediático y a la inconsistencia de la opinión pública. Hay cosas universales.

Comentarios