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Crítica de «Magical Girl» (****): Caperucita, o el Lobo

Crítica de «Magical Girl» (****): Caperucita, o el Lobo

Una película que no elude lo peor, lo más oscuro, y hace una elipsis que se agradece al dejarnos a este lado de la puerta cerrada a terribles secretos

Día 17/10/2014 - 10.19h

Acaba de ser bendecida por el Festival de San Sebastián, donde resultó la gran triunfadora, y ahora, ante su estreno, hay que señalarla como una película fascinante, hipnótica, que convierte la idea de sosiego en algo inservible. Arranca de modo perturbador, con un toque de magia entre una niña y su maestro, pero es sólo un aperitivo, un fogonazo que en cierto modo sustenta todo el relato posterior: tres hilos de un argumento que forman un enorme nudo. Un pobre hombre en paro, con una hija con leucemia y un poco de tiempo para tener algún deseo (el traje de la muñeca Magical Girl); una mujer enferma, depresiva, casada con su psiquiatra y proclive a un lado oscuro del que se ofrecen severas pinceladas, y un hombre casi anciano, que sale de la cárcel y que tiene un oscuro y eludido pasado. Tres personajes, tres hilos, tratados por el guión en paralelo, pero que el azar los convertirá en el mismo nudo.

El director, Carlos Vermut (sólo una película anterior, ?Diamond Flash?), convierte en sustancial y milimétricas las coincidencias espacio temporales, un vómito, una ficha de puzle, un teléfono olvidado para que su historia contenga todos los ingredientes de la fatalidad y del cálculo (un cálculo siniestro a lo Emma Zunz), y se resbala hacia un desenlace antológico, de mareante precisión fílmica y emocional, dominado en cien posibles claves por un José Sacristán espléndido, majestuoso, dañino y descorazonador.

Hay un extraño desapego de Vermut hacia el interior de sus personajes, pues nos los muestra en toda su complejidad y ciclotimia como quien disecciona un insecto, pero, al tiempo, nos los hace cercanos, comprensibles en su sordidez?, como si los quisiera encuadrar en un ambiente sucio, agresivo, de mundo en crisis, de actualidad perversa, de desesperación justificada. Y es al tiempo una película que no elude lo peor, lo más oscuro, y hace una elipsis que se agradece al dejarnos a este lado de la puerta cerrada a terribles secretos. Es, pues, una película sin fórmula, sin género, que no presume de su aire metafórico, que esconde o confunde la bondad y la maldad de sus personajes, que presenta un perfecto tramado y sugiere su doloroso reverso, y que tiene, además de la enorme interpretación de José Sacristán con su temor a sí mismo, la de la hipnótica Bárbara Lennie y el sorprendente Luis Bermejo.

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