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Crítica de «Interstellar» (****): Stephen Hawking, Bruce Willis y James Stewart

Crítica de «Interstellar» (****): Stephen Hawking, Bruce Willis y James Stewart

De la mano de Matthew McConaughey se entra a la aventura y se sienten las emociones que trama Nolan

Día 07/11/2014 - 13.14h

Nadie en el cine actual mueve las fichas como Christopher Nolan, quien, al contrario que Kubrick e igual que Hitchcock, parece americano pero es inglés. El director de «Memento», de «Origen», de esa trilogía de «Batman» en la que parece haber metido la pluma Shakespeare, entra ahora con «Interstellar» en un territorio difícil de definir y que abarca la fantasía, la astrofísica, el génesis y el apocalipsis, el melodrama familiar, la intriga aterradora y la epopeya homérica, la teoría de la relatividad, la gelatina del tiempo, los agujeros de gusano, las angustias de Odiseo y los tejemanejes de Penélope...

Las dos esencias del argumento de esta película están contenidas en dos frascos de diferente tamaño, en uno muy pequeño, esa conexión indescifrable y casi mágica entre padre e hijo (hija, en realidad), y en uno enorme, la idea de que la Tierra se para y ya no es un hogar fiable para nuestra especie. En este sentido, Nolan arranca su historia con un dilema propio de la aventura de nuestra especie desde que el mono de Kubrick lanzó el hueso al aire: el sedentarismo o el nomadismo. Quedarse en la Tierra que se hace polvo y sembrar maíz mientras dure o viajar en busca de otro lugar en el Universo capaz de albergar la potencia constructora y destructora de nuestra especie.

La propuesta de Nolan es aparentemente compleja, pues empuja su argumento a un viaje en el que hay que sentir (comprender es imposible) la importancia de la goma del tiempo, la bidimensionalidad del espacio, la idea surrealista de los agujeros de gusano, que doblan el espacio como si fuera un folio juntando dos puntos lejanísimos... Pero, en realidad, la propuesta es muy sencilla, muy primaria: un hombre se lanza a una odisea angustiosa para encontrar un sitio seguro para su familia (o especie), atada a un planeta con los días contados. El pequeño frasco argumental que mira por el retrovisor de su nave y el enorme, excitante y quimérico frasco que mueve el motor de la nave en una búsqueda más allá de la imaginación. Cine lleno de espacio, pero también de espiritualidad, de apoteosis y sentimiento, con imágenes, parajes, ideas y sensaciones equiparables en espectacularidad y en pulso reflexivo, como si la búsqueda de cobijo a nuestra especie fuera también una búsqueda a sus lugares íntimos por descubrir.

Matthew McConaughey pilota a mano la nave de lo emocional y de lo espacial de la película, es el tipo ungido para el sacrificio pero con una misión que cumplir; y como los héroes clásicos (al menos, los de Hollywood), te hacen un hueco a su lado. Por él se entra a la aventura y se sienten las emociones que trama Nolan. Con la complicidad de Jessica Chastain, y la otra pareja de padre e hija, Michael Caine y Anne Hathaway. Todo en «Interstellar» es puro cromado, aunque se le pierdan algunas piezas de cromo hacia el final, en el interior de un agujero negro y en unos trucos naïf de mensajes de fantasmas en morse.

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