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Crítica de «Vivir sin parar» (**): El viejo corredor

Crítica de «Vivir sin parar» (**): El viejo corredor

Esta historia de superación personal tiene su mejor baza oculta en el personaje, en apariencia desdibujado pero tremendamente efectivo, de la esposa del corredor

D�a 14/11/2014 - 01.49h

Un anciano exatleta decide correr el maratón de Berlín para demostrar que no está acabado. Esta historia de superación personal, de las que dan miedo, tiene su mejor baza oculta en el personaje, en apariencia desdibujado pero tremendamente efectivo, de la esposa del corredor, enferma de cáncer. Su relación recuerda la de «Amor», pero no estamos aquí en el universo envasado al vacío y terminal de Michael Haneke, sino ante una historia resuelta con un trazo mucho más blando y complaciente. Véase si no cómo la película se pone en el modo «carrosdefuego» para el atlético clímax final, ya se imaginan, cámara lenta y musiquita más o menos fanfarriosa; pero quizá sea mezquino reprochárselo cuando se trata de un último hurra que -corredor y espectador- nos hemos ganado después de calentar y estirar músculos físicos y afectivos como cualquier deportista que se precie.

A mencionar que los dos ancianos y otros más (alguno de estos estupendos viejos, reducidos a comparsas, se hubiera merecido un mayor desarrollo) viven en una residencia que es un verdadero lujazo, por mucho que a ellos les parezca una prisión y que la película tiente también el modo «alguienvolósobreelnidodelcuco» ensayando una crítica sobre la atención a los dependientes y la tercera edad que no acaba de cuajar porque en el fondo no es lo que quiere contar.

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