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Crítica de «Los juegos del hambre: Sinsajo parte 1» (**): Algo cansados

Crítica de «Los juegos del hambre: Sinsajo parte 1» (**): Algo cansados

Hay pesadillas donde anidaban sueños y, eso sí, persiste el permanente estado de amenaza que hoy en día nos desespera a todos

D�a 21/11/2014 - 09.27h

De ella no, de la saga sí. Un poco cansados, con cierto hastío de las últimas gotas que estrujan y estrujan, buscando nuevos caminos que no siempre funcionan. Es probable que en la segunda parte se desencadene la furia final, un juego de artificios brillante, lleno de la ira y fuego que adornó la idea original. Puede que el desenlace sea así... pero hoy no...

«Sinsajo» tiene aspectos interesantes en su desarrollo, todos relacionados con la emoción y el amor. Evidentemente ha perdido la frescura del principio, ese empuje de un guión interesante, que te atrae y entretiene. Incluso la continuación tenía algunos aspectos válidos, pero estaba claro que aquel camino del juego se había acabado y que llegaba la hora de la revolución.

Sin embargo, es en la puesta en acción donde el proyecto tropieza casi seriamente. No es una roca que te rompa la cabeza y te deje en coma, pero sí que te abre una brecha importante. Arrancar el coche cuesta un potosí por mor de un guión pesado, una losa mortecina de escaso atractivo. «Sinsajo» es poco ágil en, al menos, media parte de su extenso (muy extenso) recorrido.

Si la película no se arrastra por el lodo es por el terreno emocional, allí donde los dos Lawrence se mueve con facilidad pasmosa. Habría sido interesante añadir más oro en la mochila si se hubiera sacado más jugo de dos actores con roles más que interesantes: el siempre espléndido Donald Sutherland, al que siempre se le añora más minutos de metraje (una carencia que ya apareció en las dos secuelas anteriores), y el chico Hemsworth (Liam, hermano del Thor Josh), un tipo que en una sola escena se queda con la pantalla y el personal entero. Tampoco a él se le saca a escena su enorme potencial.

En el recorrido se queda mucho, aparte de la vida del formidable Philip Seymour Hoffman (también desperdiciado): el color vivo, sustituido por la oscuridad de un ocre sucio y destructivo, hay subterráneos donde había cielo y verde campo, pesadillas donde anidaban sueños y, eso sí, persiste el permanente estado de amenaza que hoy en día nos desespera a todos.

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