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Crítica de «Nunca es demasiado tarde» (***): Naturaleza muerta

Crítica de «Nunca es demasiado tarde» (***): Naturaleza muerta

Se imbuye del espíritu de este funcionario que es de una naturaleza bastante muerta, como los ciudadanos con los que trata

D�a 21/11/2014 - 09.27h

John May es un oscuro funcionario que tiene uno de los oficios más oscuros que puedan concebirse: ocuparse de aquellas personas fallecidas en soledad y que nadie reclama. Busca a sus seres queridos, trata de que se involucren en la última despedida y, caso de no conseguirlo, organiza él mismo la ceremonia postrera. Esto origina la mejor secuencia de la película, que es la primera. Luego, no es que la cosa decline exactamente, sino que la película se imbuye del espíritu de este funcionario que es de una naturaleza bastante muerta, como los ciudadanos con los que trata. Su vida dentro y fuera de su despacho de trabajo es de una rutina aterradora, si bien propicia un estilo minimalista para el relato que contiene no pocos hallazgos visuales.

Entiéndase, John May no es un profesional aséptico e insensible; al contrario, tiene una mirada límpida y cristalina y parece que está siempre a punto de romper a llorar, sobre todo cuando se encuentra con que los seres queridos no quieren saber nada del difunto. Y eso es algo que le sucede a menudo. Lo(s) que la vida separó, no lo(s) va a juntar la muerte: sólo una vez consigue May romper esta máxima, o esta maldición, que rige su humanitario trabajo. Si se animan a ver esta pequeña pero preciosa película verán el sentido irónico de esta excepción final a la norma. Los funerales son para los vivos, los muertos están muertos? como le dice a May su jefe directo en el momento de sacar la tijera del recorte social. Por cierto, May es Eddie Marsan, un rostro familiar para los seguidores de la estupenda serie «Ray Donovan».

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