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Crítica de «París-Manhattan» (**): De charleta con el póster

Crítica de «París-Manhattan» (**): De charleta con el póster

Sencilla, ingeniosilla y novelesca, usa con frescura el fraseo y el ambiente de Woody Allen, pero falta adrenalina y vértigo

Día 28/11/2014 - 01.37h

La habitación habla de su dueño, pero también la frase de la camiseta, la cabina del camión o la puerta de la taquilla?, un póster del Che, uno de Bruce Lee, el calendario de Miss camiseta mojada o la leyenda en una sin mangas de que paren el mundo que me quiero bajar?, y de esa elocuencia del detalle trata esta película, dirigida por la joven Sophie Lellouche, que se delata hipnotizada por Woody Allen y hace que su personaje central, Alice, hable con el póster del cineasta y clarinetista como éste hablaba con el de Humphrey Bogart.

Es una comedia romántica: la comedia la pone el universo Allen, que traduce a material irónico ingenioso toda la peripecia de esta mujer, que es quien pone el romanticismo en su cruce amoroso con los dos candidatos a birlarle la soltería: un mirlo blanco, guaperas y rico (lo cual es un hándicap en el cine, como todo el mundo sabe) y un fulano áspero, habilidoso, de esos que igual te arreglan la bomba de la cisterna que la conexión a internet, y que interpreta con poesía obrera Patrick Bruel.

Alice, o la actriz que la llena, Alice Taglioni, tiene la gracia tasada por momentos, unos alguna y otros ninguna, pero la película se abastece de cierta agudeza con el retrato de su ambiente familiar, padres y hermana, quienes de por sí podrían haber rellenado su propia película: todos, menos la justita Alice, tienen más trastienda que un colmado en Chinatown. «París-Manhattan» es sencilla, ingeniosilla y novelesca, usa con frescura el fraseo y el ambiente de Woody Allen, quien, ¡alehop!, se sale del póster para ponerle algo de guinda al pastel. Pero falta adrenalina y vértigo, como si te subieras a una montaña rusa y bajaras de ella peinado

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