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Crítica de «Magia a la luz de la Luna» (***): exquisito Woody Allen con un toque Sturges

Crítica de «Magia a la luz de la Luna» (***): exquisito Woody Allen con un toque Sturges

Un divertimento, un aire, un gracioso revuelo para hablar de los camelos de la magia real y de lo mágico de los camelos del amor

Día 05/12/2014 - 10.30h

A estas alturas ya deberíamos saber que hay dos tipos de películas de Woody Allen, y todas buenas: la pequeña película capaz de confundirse con sus obras maestras y la obra maestra capaz de confundirse con sus pequeñas películas. «Magia a la luz de la luna» puede encuadrársela en cualquiera de ellas. Un divertimento, un aire, un gracioso revuelo para hablar de los camelos de la magia real y de lo mágico de los camelos del amor, y todo ello con una sencillez, un precioso juego de mecanismos de personajes y escritura, una soleada narración, una caricatura de lo racional y de lo espiritual, un conocimiento absoluto de cada músculo que pone en funcionamiento la candidez romántica del alma humana y una elegancia exquisita en la membrana, paisaje y clima que envuelve a sus protagonistas y a su historia, situada en la Costa Azul francesa en los años veinte.

Magnífico Colin Firth en un papel que no hubiera podido llenar Woody Allen, un mago endiosado, racional, incrédulo, inepto para el trato con los demás y que tiene que desenmascarar a una supuesta médium que ha fascinado (y tal vez saqueado) a la alta burguesía de veraneo, personaje que interpreta con sublime encanto Emma Stone. Esa confrontación entre el estirado Colin Firth y la granuja Emma Stone recuerda a la de la pareja Henry Fonda y Barbara Stanwyck de «Las tres noches de Eva», una de las obras maestras de Preston Sturges; y en efecto, hay algo en la mirada de este Woody Allen que podría cotizar en la bolsa de las comedias clásicas, y no sólo por lo incorrecto, desmañado y elegante de un Colin Firth como rompiéndose en Cary Grant; también rezuma clásico su fondillo de actores, especialmente Eileen Atkins (la tía Vanesa), que bien podría hacer buenas migas en el mismo plano con Eugene Pallette o Charles Coburn.

Por lo demás, y una vez encantados con el escaparate, no es difícil que el talento de Woody Allen nos vuelva a hacer el truco de esconder cosas grandes en píldoras insignificantes, y que consideremos unas risas y un mero pasar el rato lo que, en el fondo, es un monumental manoseo a lo que tenemos dentro.

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