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Crítica de «La señorita Julia» (**): Colin Farrell desentraña a Strindberg

Crítica de «La señorita Julia» (**): Colin Farrell desentraña a Strindberg

Bien podría tratarse del boceto de un modo de lo femenino moribundo y de un modelo de lo masculino naciente

Día 12/12/2014 - 02.52h

En «Infiel», su anterior película como directora, Liv Ullmann le arrojaba a su historia hasta el último gramo del enorme peso de Bergman en un alarde de fidelidad más allá de lo físico; ahora, con Strindberg se contenta, y no es poco, con serle fiel a su texto aunque lo coloque en Irlanda (y le adjudique un sorprendente blancor nórdico a la Noche de San Juan). Esa colisión de clases, de principios y de sexos en una cocina de casa noble a finales del XIX no encuentra otra interpretación por parte de Liv Ullmann que la notable interpretación de sus actores, que recorren de puntillas y a trancos pasionales el texto teatral y manosean los pormenores de ese mundo macho y de dominación social que el último siglo y pico se ha dedicado a desbaratar, o a simular que lo desbarataba.

El choque de egos y lujurias entre la joven heredera y el insolente y servicial hombre de su servidumbre está bien enfocado, además de por una puesta en escena tan elegante como previsible, por el duelo entre lo señorial de Jessica Chastain y el pelo de la dehesa de Colin Farrell, que afila de un modo espontáneo (¿congénito?) la naturaleza de ese tipo acochinado pero arrogante, embaucador pero inseguro, fatuo pero profundo, calculador pero desarmado? Probablemente sea Colin Farrell quien mejor ha entendido la esencia de esta función, que vista ahora bien podría tratarse del boceto de un modo de lo femenino moribundo y de un modelo de lo masculino naciente. El personaje de Chastain se rompe en el intento de romper su papel, pero el de Farrell recompone los trozos del suyo hasta presentirse como el esbozo de esa especie de Frankenstein, lleno de costurones, fortalezas y debilidades, en lo que se ha convertido tras el viaje de un siglo el hombre de hoy.

La anterior adaptación a la pantalla de la obra de Strindberg fue la de Mike Figgis, más nocturna y apasionada y con una insuperable Saffron Burrows, aunque su oponente, Peter Mullan, gran actor, se quedaba a mil millas de la fortaleza canalla de Colin Farrell, al que Bergman, por cierto, no le habría encontrado el punto.

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