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Crítica de «St. Vincent» (***): Fábula del ogro afable

Crítica de «St. Vincent» (***): Fábula del ogro afable

Podemos disfrutar de la actitud de có(s)mico distanciamiento de Bill Murray durante dos gloriosas horas

D�a 12/12/2014 - 02.52h

Vincent es un viejo neoyorquino bastante cascarrabias que mantiene un vínculo frágil con lo que se puede llamar normalidad, no digamos ya con la conducta digna que se le supone a alguien de su edad y condición. Según empieza la película vemos como ese vínculo se va desvaneciendo por una combinación de circunstancias, algunas de ellas culpa del propio Vincent como, valga el ejemplo, su afición por dejarse los ahorros apostando en las carreras de caballos. Con un personaje así se puede hacer un drama neorrealista a lo Zavattini o una farsa tragicómica protagonizada por una presencia amigable, como Walter Matthau o Jeff Bridges.

O mejor aún, Bill Murray, ese actor que muchos miopes nos permitimos ignorar durante años hasta que se reveló como el genuino (casi el único) actor de culto del cine americano actual. Si esta película estuviera protagonizada por cualquier otro (incluso por el Eastwood de «Gran Torino», que podría ser un imprevisto precedente) no cabría recomendarla. Pero su desarrollo, todo lo tópico y previsible que se quiera, se revela como un gustoso paseo si se recorre con los indolentes andares de Murray, quizá la figura de Hollywood menos propensa al sentimentalismo, otro rasgo que le emparenta con el irreductible Matthau, que sin embargo a veces se nos ablandaba. Murray no suele hacer de protagonista, hasta en eso es indolente, y tenemos que conformarnos con sus cameos con Wes Anderson; pero aquí podemos disfrutar de su actitud de có(s)mico distanciamiento durante dos gloriosas horas y luego, como la estrella rockera que es, nos regala un impagable bis, una secuencia absolutamente gratuita que acompaña a los créditos finales y que es toda una lección para reconciliarse con la vida, con la jubilación y hasta con la parca.

Lo que cuenta «St. Vincent», por si alguien necesita todavía alguna pista argumental para animarse a verla, es que el viejo Vincent ve frenar su caída libre al enfrentarse al reto de cuidar del niño de la vecina? cobrando por horas, claro. No es que se convierta exactamente en un pedagogo responsable, pero el caso es que el chaval acaba recibiendo una forma de educación; ayuda mucho, eso lo vemos desde el principio, que tenga una sorprendente madurez para su tierna edad y que el actor que lo encarna parezca haber estudiado (con el propio Murray?) para eludir toda forma de cursilería. Los dos están muy bien acompañados por Melissa McCarthy, que revela un lado sensible ausente de sus salvajes comedias, y por una deslumbrante Naomi Watts en el papel de una prostituta rusa que alivia ?cobrando también por horas, no crean- la soledad del ogro afable. Como decía, con menos talento del que derrocha este poker de ases actorales, la fábula se revelaría de difícil digestión. Con Murray y compañía, casi deseamos ver una secuela? o al menos las tomas falsas de la última escena.

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