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Crítica de «El jugador» (**): Perder es cuestión de método

Crítica de «El jugador» (**): Perder es cuestión de método

La trama juega de prestado y a punto está de hundirse para siempre, pero de algún modo se las arregla para remar hasta la orilla del digno desenlace

D�a 31/12/2014 - 10.01h

Desde Dostoievski, como mínimo, las vidas de los jugadores han interesado al resto de los mortales mucho más que las de los santos. Irwin Winkler produjo «El jugador» en 1974, con ecos del viejo Aleksei Ivanovich, y cuarenta años después reincide para volver a contar las peripecias de un enfebrecido profesor de literatura al que las metáforas no le alcanzan para pagar su ludopatía. Mark Wahlberg, no demasiado creíble en la faceta intelectual, aunque sus clases de ficción son fantásticas, adelgazó casi 30 kilogramos para encajar al menos en el físico de Jim Bennet. No es que el sobrepeso impida jugar al blackjack o a la ruleta, pero él es un tipo consecuente y lo suyo es perder kilos como sea.

Se puede achacar al protagonista, de hecho, que siendo tan inteligente tenga una forma tan poco metódica de arruinarse. Su problema no es que en los momentos de máxima tensión se deje arrastrar por la pasión y empiece a tomar malas decisiones. Wahlberg-Bennet es un ludópata suicida, de triunfo final imposible, capaz de arrastrar en la caída a su madre, Jessica Lange, y a quien se ponga por delante. «Por 10.000 dólares te rompen los brazos. Por 20.000 te rompen las piernas. Axel Freed debe 44.000», era la frase de lanzamiento del jugador setentero que dirigió Karel Reisz. James Caan arrebató el papel a Robert de Niro, por cierto, y encarnó un buen personaje que pocos recuerdan. Para el nuevo Bennet, que da una nueva dimensión al calificativo de «compulsivo», esas cifras son de risa.

Tan grande es el pozo en el que quieren ahogarlo los guionistas (James Toback en 1974 y el experto en reescrituras William Monahan ahora), que hay algo oculto pero irreal que distrae al espectador de lo esencial de la historia. Puede que sean los actores -no solo Wahlberg y Lange, también un tremendo John Goodman, George Kennedy en un suspiro, la prometedora Brie Larson y el siempre imponente Michael K. Williams- quienes logran dar crédito, pese a todo, a una historia demasiado castigada por las hipotecas. La trama también juega de prestado y a punto está de hundirse para siempre, pero de algún modo se las arregla para remar hasta la orilla del digno desenlace. El regusto final no es malo, aunque me temo que resiste pocos análisis.

Es imposible saber cómo habría dirigido la historia Scorsese, primera opción del proyecto, pero eso es como imaginar qué habría pasado si la bolita hubiera caído donde debía.

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