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Crítica de «Puro vicio» (**): Sobredosis en dos Thomas, Pynchon y Anderson

Crítica de «Puro vicio» (**): Sobredosis en dos Thomas, Pynchon y Anderson

Una novela de Thomas Pynchon en manos de Paul Thomas Anderson es como la historia de Penélope y Ulises en versión Sara Montiel

D�a 13/03/2015 - 13.09h

Una novela de Thomas Pynchon en manos de Paul Thomas Anderson es como la historia de Penélope y Ulises en versión Sara Montiel: «tejiendo espero, al hombre que más quiero»? El cineasta brillante de la amargura echándole paladas de bruma al escritor en su covacha. La historia de «Puro vicio», pura novela negruzca, se parece tanto al Chandler de «El sueño eterno» como Joaquin Phoenix a Bogart o Irina Shayek a mi tía Obdulia. Son casi grotescos los esfuerzos de Thomas Anderson, el pedazo de cineasta que hizo «Magnolia», o «Pozos de ambición», o?, por encontrarle sentido al humor sesentero en la California «jipi» y por ponerle un runrún de metáfora al sueño americano con resaca de marihuana y Vietnam.

No hay que darle muchas vueltas a la trama: es intraducible, o sólo traducible mediante la mirada del detective Doc Sportello (Phoenix en plena posesión de su farmacopea), y es tan espectacular la horma maestra de la inconexión narrativa como el cúmulo de tedio disfrazado de caligrafía (criptografía) humorística sin resultados visibles, o risibles. Por lo demás, una adaptación perfecta, que recoge la confusión de la época, o la obra, y la sublima en un rosario de secuencias sin el hilván de la cordura. Personajes e ideas que entran y salen de la trama sin proponerle nada más que apariencia de profundidad (Owen Wilson, Benicio del Toro?, serían incapaces de escribir un par de líneas sobre su papel).

Es cierto que la cordura no es siempre necesaria para la obra de arte, pero su antónimo necesita al menos emoción, cercanía o credo para resultar estimulante, o nutritivo. Es irreprochable, en cambio, y a falta de mayor interés, el clima de nostalgia policial que consigue crear el gran cineasta Paul Thomas Anderson con una intriga de vuelo gallináceo, gracias (supongo) a su mirada desoladora y a la presencia espumosa, champanosa, de esa actriz de utopía que es Catherine Waterston.

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