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Crítica de Calabria (****): «La mafia sin adornos ni más pompa que la fúnebre»

Crítica de Calabria (****): «La mafia sin adornos ni más pompa que la fúnebre»

Es una rodaja ácida y amarga, como de pomelo, de la historia de una familia tradicional que convive con el delito, el tráfico de drogas y el crimen con esa honradez y dignidad genética

D�a 27/03/2015 - 11.25h

Calabria es la puntera y el talón de la bota de Italia, una zona geográficamente brusca y malhumorada, seca y montañosa, austera y ceñuda?, exactamente como la vemos en esta película, la primera que se estrena en España de Francesco Munzi. «Calabria» es una rodaja ácida y amarga, como de pomelo, de la historia de una familia tradicional (la «familia» tradicional en ese lugar de Italia se llama Ndrangheta, aunque sin matices podría confundirse con la siciliana o napolitana) que convive con el delito, el tráfico de drogas y el crimen con esa honradez y dignidad genética, como de estirpe, y tan pegada al Egeo que aún rezuma un cierto sudor a tragedia griega. Y Munzi así la concibe en ese pueblo colgado en un monte y tan escabroso que hasta las cabras tropiezan, sostiene la historia en las figuras de tres hermanos y su tejido familiar: padre muerto por el capo del lugar, madre serenísima, hermanas, cuñados, sobrinos y «operarios» de perfil de yeso.

Cada uno de los hermanos representa un modo muy distinto de pensar, de actuar y de establecer las líneas entre el bien y el mal; aunque todos ellos, y quienes les rodean y lo que les rodea responde al afinado título original de la película, «Anima nere», que también hubiera podido ser árida y cuadrar exactamente con la descarnada historia que nos pone delante, siempre ascendente, escarpada, hasta llegar a una cima terrible y sin paisaje que ver.

Francesco Munzi nos descerraja un relato sobre la actividad mafiosa sin el menor detalle de encanto, sin grandes frases corleónicas ni la menor incertidumbre de que ahí no hay ni fascinación ni ánimo de progreso, y lo entretiene con una cámara que capta la atmósfera en la que no arden las velas, muy próxima al naturalismo frío del lugar y de sus habitantes, sus rituales, sus temores y sus tumores.

Tras la primera escena esplendorosa (en la que intervienen con su credibilidad habitual Carlos Bardem y su traza de pasar mandanga sin que lo pillen), la trama consiste en el mero presagio de que algo va a pasar, todo narrado sin prisas, sin luces ni timbales, pero con la intriga de ese clavo suelto que sujeta el andamio de la fatalidad.

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