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Crítica de «Aguas tranquilas» (****): cine jubiloso, poético, extraordinario

Crítica de «Aguas tranquilas» (****): cine jubiloso, poético, extraordinario

La directora japonesa Naomi Kawase filma la naturaleza, la del hombre y la del mundo, como si leyera en ella una sagrada escritura

D�a 10/04/2015 - 18.23h

La directora japonesa Naomi Kawase filma la naturaleza, la del hombre y la del mundo, como si leyera en ella una sagrada escritura, como si el interior de ambos, hombre y mundo, estuviera unido por la cuerda de un arpa cuya música captase su cámara en imágenes llenas de afecto, sabiduría y poética. En esta delicada y turbulenta película (opino lo que Kawase: que es la mejor que ha hecho), esa cuerda de arpa conecta a una pareja de estudiantes con su paisaje, el de la isla de Amami, al sur de Japón, el lugar en el que nació Kawase y en el que todo y todos están impregnados de una esencia divina y de una jubilosa aceptación de la maquinaria del tiempo y de los ciclos de la vida.

Kawase encuentra el modo de filmar la naturalidad de dos transiciones, la de la infancia a la madurez y la de la vida a la muerte, y lo hace de un modo sencillo y extraordinario a la vez que uno tiene la impresión de no haberlo visto nunca igual. La historia está contada a la altura de los ojos de la parejita protagonista, que vive sus propias intrigas de cambio (mezcladas con la intriga de un cadáver descubierto en las aguas tropicales) y experimenta esos ciclos y ciclones de la vida, el amor, la muerte? Esta última, capturada por Kawase en la escena más insólita y extrañamente hermosa de toda la película, cuando la madre de uno de ellos, enferma de cáncer, muere acompañada de todos los suyos, que la despiden entre risas, besos y alboroto como si fuera un provisional adiós en el andén de la estación.

Un momento largo, extravagante para el ojo del espectador, que olisquea una emoción nueva en ese modo contradictorio, feliz y analgésico de acompañar la muerte del ser querido. Es una escena única e inolvidable. Como también lo es todo el angustioso tramo ro dado en medio de un impresionante tifón, o el capítulo del joven cuando visita a su padre en Tokio, o el placer con el que Kawase nos hace ver cada rama, cada árbol, cada nube, cada brizna de agua? O el inexplicable deleite en los gestos, las manos, los silencios o el refrescante paseo en bicicleta de una pareja que brota primaveral en el paraíso de Amami. Más que una película es un masaje, una friega al espíritu resentido y desamparado.

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