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Crítica de «Lost River» (**): Delirios de grandeza

Crítica de «Lost River» (**): Delirios de grandeza

«Desordenada, caótica, rimbombante, la sensación que deja la película es un querer ser todo y apenas ser nada»

D�a 17/04/2015 - 12.55h

Es obvio que Ryan Gosling es un tipo con empatía. Es guapo (eso dicen ellas pero no sé yo...), simpático y un excelente actor. Pero sobre todo es un tipo que cae bien en todos lados. Se apoya genialmente en cualquier sitio. Queda muy bien apoyado sobre un mirador, sobre una mesa y, fundamentalmente, se apoya como nadie en el quicio de una puerta («Drive»), con una mágica cadencia solo superada por Mickey Rourke en «Nueve semanas y media». En suma, es magnético.

Una vez dicho esto, no sabe dirigir, o si sabe lo disimula con ese cacao que ha metido en su cabeza las influencias de sus maestros. «Lost River» es un trozo de David Lynch, un pegote de Corman, un pedazo de Argento y un mucho de su admirado Winding Refn (con el que salió a la luz en «Drive» y con el que casi se hunde en la nefasta «Solo Dios perdona»).

Con ese batiburrillo, Gosling ha montado un espectáculo más que notable de luz y fotografía, con un ambiente lúgubre, denso, casi asfixiante. De hecho, la intentona le habría salido bien si la narrativa no hubiese sido un desastre. Desordenada, caótica, rimbombante, la sensación que deja la película es un querer ser todo y apenas ser nada. Un delirio de grandeza torpemente disimulado, un intento de abarcar mucho y no apretar nada, es decir una supina pedantería. Incluso la idea, una ciudad sumergida y perdida dejando un escenario fantasmagórico, podría haber colado si el canadiense no se hubiese querido dar tanto aire que al final se lo ha llevado en volandas.

Vendría a ser lo que en la universidad las chicas llamaban tener un pelo ordenadamente alborotado, solo que a Gosling le ha salido un pelo simplemente... despeinado.

Dirección: Ryan Gosling.

Intérpretes: C. Hendrick, S. Ronan, I. de Caestecker

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