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Crítica de «Mandarinas» (****): Cómo quitarle el mango al hacha de guerra

Crítica de «Mandarinas» (****): Cómo quitarle el mango al hacha de guerra

Es una película abierta e inteligentemente pacifista, que propone un perfecto nudo argumental, una sinfonía de conciliación, con apenas un cuarteto de cuerda

D�a 04/05/2015 - 15.58h

No es fácil ser más conciso en los medios ni preciso en el fin: lo que guarda «Mandarinas» se puede mondar con la mano y lo que revela es jugoso y nutritivo. Es una película abierta e inteligentemente pacifista, que propone un perfecto nudo argumental, una sinfonía de conciliación, con apenas un cuarteto de cuerda. La situación es clara, un anciano estonio alberga en su casa, en plena guerra civil, a dos contendientes heridos y enfrentados, un georgiano y un checheno, que acuerdan una tenue tregua hasta que se recuperen de las heridas y puedan salir de ese terreno neutral que es la casa del anciano; ya tendrán tiempo luego de matarse. La mirada del director, Zaza Urushadze, no puede estar mejor situada, y coincide plenamente con la del anciano (impresionante Lembit Ulfsak) y con la neutralidad de su espacio: en ningún momento se aprecia el menor síntoma de inclinación hacia las partes de la contienda, ni razonamiento bélico o político, y sí, en cambio, una voluntad de crear espacio común entre ellos mediante un finísimo sentido del humor y una laboriosa creatividad visual y de diálogos. Hay tanta tensión como distensión, hay tanta furia como razón, y hay tanta sencillez como profundidad y tanto hígado como poesía inesperada. Casi redonda, como su propio título sugiere.

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