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Crítica de «Mad Max: Furia en la carretera» (***): Una manada de ñus en el río de los cocodrilos

La película aborda dos ideas revolucionarias: el feminismo radical como garantía de futuro y el solitario misántropo como hipoteca de lealtad y compañía

Día 18/05/2015 - 09.35h

Lo primero que hace este Mad Max que interpreta Tom Hardy, con el mismo paisaje y la misma traza que lo dejó Mel Gibson en el milenio anterior, es zamparse un lagarto de dos cabezas, tal vez una metáfora de lo que necesitara el espectador para seguir la acción de esta película.

El director, George Miller, con casi cuarenta años más pero con las mismas gafas, lo ha visto claro: que nada falte y que sobre de todo. Carrera imparable, pelea constante, música a todo trapo y personajes que no pasarían un sencillo test psicológico para portero de discoteca. La idea esencial y central es la superviviencia en ese mundo pedregoso en el que ya todo el mundo se tatúa con enorme arte, y no como ahora, aunque esa idea única tiene pegadas otras dos (quizás sin querer) realmente revolucionarias: el feminismo radical como garantía de futuro y el solitario misántropo como hipoteca de lealtad y compañía.

Una Charlize Theron casi entera (le falta medio brazo) ha de conducir a tumba abierta una caravana de mujeres hacia el mundo verde, y no es que sea una dietista de éxito, sino que se las arrebata al perverso Inmortan Joe (un macarra con careta) de la Ciudadela donde es el amo y señor. Y Tom Hardy, el solitario Mad Max, se une forzosamente a la aventura y hasta se le escapa algún que otro guiño de humanidad.

La película es la carrera enloquecida y la lucha bestial, y todo transcurre con la rapidez y la violencia de una manada de ñus en el rio de los cocodrilos; es imposible cronometrar un minuto de respiro, a pesar de lo cual George Miller se las arregla para que, entre los trenes descarrilados de la acción, aun haya varios momentos cumbres, de esos que te invitan a estirar el brazo y tomarte la tensión. El impulso es aplaudirlas, y hasta en tres ocasiones lo hicieron los asistentes a la primera proyección en el festival de Cannes. George Miller ha roto el cerdito para crear un espectáculo visual carísimo e insuperable, con un sorprendente diseño de fulanos tarados, de vestuario inimaginable hasta en la pasarela de París y con un parque automovilístico y armamentístico digno de las pesadillas de un dibujante de comics duros.

Hay que ser un lince para detectar la química que surge entre Charlize Theron y Tom Hardy, dos excelentes actores, ¡de método!, que aquí bastante tienen con no caerse del camión en marcha?

El dilema es si se le puede reprochar a una película descaradamente de acción que no deje de serlo en ningún momento. Y la certeza es que a uno la trama no le da tiempo ni a plantearse ese dilema ni a tener una respuesta.

[Consulta la ficha técnica de «Mad Max: Furia en la carretera»]

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