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Crítica de «Hablar» (***): La «españeta» en un solo plano
Escena de «Hablar» en la plaza Lavapiés

Crítica de «Hablar» (***): La «españeta» en un solo plano

Dos cosas nada fáciles pretende el guionista y director Joaquín Oristrell con esta singularísima película: meter en la pantalla a la «españeta» entera y que la veamos sin un solo parpadeo

D�a 12/06/2015 - 08.48h

Dos cosas nada fáciles pretende el guionista y director Joaquín Oristrell con esta singularísima película: meter en la pantalla a la «españeta» entera y que la veamos sin un solo parpadeo (no tanto nuestro, como de la cámara). Dos hazañas, especialmente la segunda, el plano secuencia, pues la «españeta» tiene de natural una fuerte tendencia a meterse y saludar siempre a la cámara. El único plano en que está rodada la historia (sin parpadeo y sin telón) y el único escenario (la plaza de Lavapiés) convierten la película en lo que el teatro ha venido llamando una función, pero también en un sorprendente y hercúleo trabajo cinematográfico. Técnica y artísticamente, la hazaña de rodar casi hora y media sin el respiro de un corte sugieren un prodigio de coreografía, de pulso, de interpretación y de pretextos que no distorsionen el texto en movimiento.

En este sentido, «Hablar» no inaugura un estilo (hay otros casos, quizá no tan bien redondeados), pero sí inaugura, digamos, un género: el populismo balsámico, ese discurso nutricio que se le refriega a la realidad social para que muestre las causas, o los efectos, de la insatisfacción, la marginación y la indignación. En cierto modo, «Hablar» podía haberse titulado «Hablemos», «Podemos hablar» o «Pablemos». El argumento somos nosotros, la «españeta», o las puñetas españolas, retratadas a pie de calle mediante personajes que se cruzan, hablan y muestran sus múltiples heridas sociales, sentimentales, matrimoniales, laborales , psicológicas? El coro es el protagonista de estas dos docenas de pequeñas historias que se pretenden un corte transversal al mundo que nos rodea: la falta de comunicación, el exceso de medios de comunicación, la falta de trabajo, el exceso de rabia o resignación, el deseo o la falta de él, la agresividad, el abuso o el fuerte determinismo que nos convierte en actores de una obra ya escrita. Es una visión pesimista de nuestra bóveda vital, pero transformada por el sentido de la comedia de Oristrell en un alegato positivo y esperanzador, aunque no se sepa ni el cómo ni el porqué, una especie de acto de fe en los mesias que nos anuncian la buena nueva.

Pero?, como en cualquier momento de cualquier plaza llena, hay lugares interesantes a los que mirar y escuchar, y otros que no lo son tanto. También en «Hablar», que es película de momentos, los hay cumbres, como el de Miguel Ángel Muñoz y Carmen Balagué (el hijo justifica ante la madre por qué se pasa el día masturbándose delante del ordenador) y el cantecito que se larga Antonio de la Torre para cobrar un talón? Y otros muchos buenos, lúcidos (el de Marta Etura y Secun de la Rosa) y alguno que otro vestido de impostación y de consignas emocionales y sociales, como si lo hubieran parido en ese lugar entre la realidad y el tópico.

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