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Crítica de «El padre» (***): El diablo que llevamos dentro
Escena de «El padre», con Tahar Rahim, el segundo, en el papel de Nazaret

Crítica de «El padre» (***): El diablo que llevamos dentro

Fatih Akin rueda con mayores medios de los acostumbrados una epopeya casi inimaginable, en la que sin embargo destacan los pequeños momentos

D�a 03/07/2015 - 11.37h

Dirección: Fatih Akin. Intérpretes: Tahar Rahim, George Georgiou, Makram Khoury.

El director de origen turco Fatih Akin, que ya era una estrella cuando Arda Turan jugaba en juveniles, rueda con unos medios a los que no está acostumbrado. Para muchos, esta es la prueba y casi la causa de la decadencia de «El padre», que sin embargo ofrece grandes momentos. Akin no se ha olvidado de filmar, aunque en las distancias cortas su mirada tenga más intensidad, como es natural. A los amantes de las trilogías (quién no ama «El Padrino») les venderán que la cinta completa el trabajo que empezaron «Contra la pared» y «Al otro lado». Nos llega bautizada como la trilogía del amor, la muerte y el diablo. Los aficionados a la épicas verán en la última obra de Akin una epopeya increíble, una demostración asombrosa de la tenacidad de Nazaret, un joven armenio que tiene la mala suerte de vivir en la aldea turca de Mardin allá por 1915.

Nazaret tiene el aspecto de Tahar Nahim Un profeta»), un actor que nunca sabes si es un tipo contenido o inexpresivo, pero que sabe hablar con la mirada y tiene la capacidad de encajar desgracias de los grandes. Lo que vive es inimaginable, en una época de persecuciones étnicas, genocidios y, en general, demostraciones constantes de que al ser humano le sobra el apellido. Separado en los primeros compases de su familia, vive con la obsesión del reencuentro, que persigue durante tantos kilómetros que la definición de película de carretera parecería un chiste.

Tan largo e irregular es el camino que siempre cabrá quejarse de los baches o disfrutar su ocasional grandeza. Como sucede tantas veces, es más fácil encontrarla en las escenas «menores», como aquella en la que el protagonista descubre el cine, con Charlot proyectado sobre una sábana. Una pequeña maravilla y un precioso homenaje, que también debemos a Mardik Martin, guionista de algún Scorsese Toro Salvaje»), pero también a otro armenio ilustre, Elia Kazan, que con «América, América» abrió más de una puerta.

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