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Crítica de «Mi casa en París» (***): Amores y odios en otro París

Crítica de «Mi casa en París» (***): Amores y odios en otro París

Israel Horovitz, que tiene más años que mi bisabuela (y casi todos ellos metido en las bambalinas del teatro) ha decidido meterse tras las cámaras para contar una curiosa historia

D�a 13/08/2015 - 16.30h

Israel Horovitz, que tiene más años que mi bisabuela (y casi todos ellos metido en las bambalinas del teatro) ha decidido meterse tras las cámaras para contar esta curiosa historia: un neoyorquino hereda una gran casa en París con un serio problema ya que al llegar allí descubre que una señora mayor vive con su hija y, según la ley francesa, no podrá hacerse con la casa hasta que la anciana fallezca.

El enredo, que tiene una infraestructura totalmente teatral, empieza como una simpática comedia, ligera y vacua, pero poco a poco se empieza a deslizar por las rendijas una atmósfera turbia, cada vez más espesa y dramática, que va envolviendo a la película. De la risa se pasa a la sonrisa, luego al gesto inquieto y finalmente casi al lloro y pesar continuo. Una losa de enredos familiares, algo engolada y rimbombante pero real, aplasta el optimismo y lo llena todo de brumas.

Si no hubiera sido por el trío de actores elegidos es probable que Horovitz hubiera sucumbido ante la habitual mecánica del teatro que hunde tantas proyecciones cinematográficas. Klein huye de sus repetidos histrionismos para contenerse y ajustarse mientras que las dos damas están sencillamente espléndidas, algo habitual cuando hablamos de la excelsa Maggie Smith (un talento que nunca decae) y de Kristin Scott Thomas, una de las mujeres que (junto a Robin Wright, evidentemente) mejor envejecen del cine actual, con gran belleza y serenidad.

Entre los tres elaboran lo que se da en llamar una comedia dramática de altura, aunque al final Horovitz caiga en un final dulzón forzando un enamoramiento improbable, pero quizás sustentado en ese otro París, oculto, poco turístico, decadente y mucho más bello.

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