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Crítica de «El bailarín del desierto» (***): Valor y coraje en el Oriente Medio

Crítica de «El bailarín del desierto» (***): Valor y coraje en el Oriente Medio

Raymond habla de Irán y de cómo el fanatismo reina hasta prohibir cualquier expresión de arte, y sobre todo el baile

D�a 14/08/2015 - 06.49h

¿Recuerdan la fábula de los altramuces? Era aquella en la que Patronio le contaba al Conde Lucanor sobre un hombre que lamentaba su reciente pobreza comiendo altramuces hasta que se dio la vuelta y vio que otro más pobre que él comía las cáscaras que él tiraba.

Viene a cuento de este filme, en el que el maltratado sur de Europa se puede ver para observar que en otros lares del mundo las cosas están mucho peor, como se estaba por aquí hace años y a los que se amenaza con volver en cuanto nos descuidemos. Raymond habla de Irán y de cómo el fanatismo reina hasta prohibir cualquier expresión de arte, y sobre todo el baile. Prohibido todo eso que suene a cultura y que pueda hacer despertar al pueblo, así los de arriba podrán seguir campando por sus respetos llenándose los bolsillos. Es decir, la historia de siempre con los totalitarismos.

Aquí, todo es muy convencional, pero también muy entrañable, tierno pero a la vez rebelde. Habla de cómo hubo un tiempo aquí y hay un tiempo allí en el que la gente era capaz de rebelarse contra la tiranía, de levantarse y, echándole muchos redaños, valor y coraje, lo arriesgaban todo con tal de poder expresarse, incluso de irse al desierto a bailar ante veinte valientes tan hambrientos de arte como ellos.

Es cierto que no hay nada nuevo en el filme, que todo sigue las líneas comunes de esta clase de proyectos: los de abajo rebelándose contra los de arriba, sacando la cara para que se la partan, pero Raymond ha rodado con mimo, con gran complicidad y con mucha épica, enseñando al mundo que siempre hay una salida, aunque esta vez sea en Francia y no en el propio Irán porque aquello se ha puesto imposible.

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