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Crítica de «Un día perfecto» (****): La sangre que no es posible limpiar

Crítica de «Un día perfecto» (****): La sangre que no es posible limpiar

Hay agujeros negros en la Historia, esos que la propia Historia oculta con terrores más horrendos. Ahí ha entrado Aranoa, pero no a saco, sino con sutileza, que es más difícil de narrar y rodar

D�a 07/09/2015 - 16.50h

Hay agujeros negros en la Historia, esos que la propia Historia oculta con terrores más horrendos. Como la guerra que hay dentro de la guerra, esa que no es el frente, ni los combates, ni las bombas ni los disparos, ni mucho menos el bayoneta contra bayoneta y los pechos destrozados por el cruel metal. Es la guerra oculta, la que sucede como consecuencia de... Los vecinos que denuncian a los vecinos, que les queman la casa, que les ponen minas alrededor, que ponen vacas en el camino para que des el rodeo y allí, justo allí, qué casualidad, está la mina que te manda al más allá. Es el odio oculto que no tiene más cuchillos que el alma descubierta por el rencor, que es más peligroso que la vida o la muerte cara a cara.

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Ahí ha entrado Aranoa, pero no a saco, sino con sutileza, que es más difícil de narrar y de rodar. Lo ha hecho con el fino, y a la vez grueso, cordel que mantienen los cooperantes en esta guerra, en cualquier guerra. Es un relato desgarrador y, como tal, Aranoa lo ha intentado suavizar con el humor, asunto en absoluto baladí porque es tan real que mantiene sujetos a estos héroes anónimos a la cruda realidad.

Es cierto que la ha pifiado con la banda sonora, quizás intentando dar cuerda a ese personaje medio loco, medio excéntrico que encarna con su maestría habitual Tim Robbins, pero que te aleja de la profundidad de la historia. Sin duda es algo buscado: despejar el drama, alejarlo, mirar el horror con cierto desapego, y por ahí también encuentra su grandeza la película, que tiene más capas que una cebolla.

Y, claro, tiene a Benicio, que son palabras mayores. Benicio siempre es otra cosa porque hay pocos actores capaces de hablar sin palabras, de producirte pánico en silencio, de confortarte sin una sola frase. Es en ese balance de los locos cuerdos, de los parlanchines habladores, del ordenado caos, donde Aranoa tira sus naipes y relata la crueldad de todo, el sinsentido de la guerra, allí donde reina el absurdo y muere la razón, allí donde, como dice el libro de Farias, la sangre se hace tan difícil de limpiar. Una obra casi maestra.

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