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Crítica de «Anacleto: agente secreto» (**): Más vistoso que el tebeo

Crítica de «Anacleto: agente secreto» (**): Más vistoso que el tebeo

Hora y media de un combinado de acción (a veces salvaje, a veces cantarina) y relación entre dos opuestos: el serio Anacleto y el cachondo de su hijo

D�a 18/09/2015 - 08.28h

La figura de Anacleto, el jamesbond de mercadillo inventado por el Gran Vázquez para aquellos tebeos de Bruguera (que es también como un Marvel de mercadillo), debería traer en las manos una palangana de nostalgia, o sea, como «Cuéntame», y más teniendo metido en su smoking a Imanol Arias. Pero, al director de esta adaptación, Javier Ruiz Caldera, no se le escapa ni una voluta de humo melancólico: empieza en tono de parodia en una escena de desierto y termina sin haber agotado la parodia en una escena que anuncia secuela.

No se le ve nostalgia a Ruiz Caldera, pero sí mucha efectividad: hora y media de un combinado de acción (a veces salvaje, a veces cantarina) y relación entre dos opuestos: el serio Anacleto y el cachondo de su hijo, papel que interpreta con mucho gramaje cómico Quim Gutiérrez, tal vez influido por la cercanía de Berto Romero, difícil de mirarle a la cara y aguantarse la risa.

Del mismo modo que a Ruiz Caldera no le importó que se le emborrachara el bizcocho de la comedia en la muy divertida «Tres bodas de más», aquí no tiene mayores problemas en convertir a Anacleto en una sanguinaria máquina de matar, aunque el pobre Imanol Arias eche de menos un doble de «leches» y un maestro armero.

El argumento es, como se puede prever, extravagante y enloquecido, y consiste en que el villano, el propio Vázquez interpretado por su gemelo Carlos Areces, no cumpla su promesa de convertir en carne picada al hijo de Anacleto, Adolfo (Quim), que lleva una vida plenamente vacía como segurata nocturno y como inminente ex de su novia (Alexandra Jiménez). En líneas generales, está bien distorsionada la realidad al estilo Bruguera, aunque se le aprecie a Ruiz Caldera menos amor por sus «dibujos» que a Fesser por los de Ibáñez.

Pero hay algunos momentos excelentes, como el más irresistible de la película, la «cena de la verdad», uno de esos golpes llenos de imaginación, malicia y risotada continua que valen por sí solos el precio de la entrada.

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