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Crítica de «La Visita» (***): Hornos especiales para nietos intrépidos

Crítica de «La Visita» (***): Hornos especiales para nietos intrépidos

Ha llegado un momento en el que es nombrar a Shyamalan y al mundo entero se le llena la boca de tópicos tipo «el juguete roto», «la gran esperanza perdida» o «la decepción andante».

D�a 11/09/2015 - 06.09h

Ha llegado un momento en el que es nombrar a Shyamalan y al mundo entero se le llena la boca de tópicos tipo «el juguete roto», «la gran esperanza perdida» o «la decepción andante». Y, para que quede bien claro desde el principio, la culpa ha sido suya y de nadie más. Puso el listón muy alto en «El sexto sentido y luego se dejó mecer por los laureles de la victoria. Casi todo lo que ha hecho después de ver muertos todos los días ha sido aquello de leer y quemar.

Visto lo visto, el director indio ha dado cinco pasos atrás para volver a sus orígenes. Pocos efectos, menos dinero y mucha vuelta a la maquinaria de la cabeza con giro aclaratorio (simple y limpio, pero ingenioso), casi a punto de llegar a la meta. Es decir, lo que se ha dado en llamar marca de la casa.

La historia (unos niños que van a visitar a sus desconocidos abuelos) ha sido desvelada en unos trailer que ya han dado la vuelta al mundo por su intriga y su capacidad de atraer al espectador, sobre todo aquello de «niña, métete en el horno para limpiarlo», que ha dejado descompuesto a medio mundo imaginándose lo peor. Ni que decir tiene que, aún con su escaso presupuesto (agotada la paciencia de los productores en fracasos sin fin), Shyamalan ha recurrido a esa especial capacidad que tiene para buscar ángulos muertos inquietantes, primeros rostros espantados y ruidos intimidatorios que te ponen los pelos de aquella manera después de meter los deditos en ese enchufe de nada.

En ese aspecto Shyamalan no defrauda esta vez. No carga la mano tanto como pasarse y que el escenario llegue a la serie B y siempre mantiene ese tono inquietante de figuras quietas que hacen presagiar el horror de los horrores. Al tiempo, recurre a ciertas dosis de humor (genial el chico Oxenbould) para descargar tensión. Por poner un pero, esos flecos sueltos del guión que no se explican y la ejecución de un final que se queda corto por ese afán de plantear la película cual documental, lo que deja interrogantes algo pálidos.

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