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Crítica de «Los miércoles no existen» (***): El viejo desorden amoroso
Eduardo Noriega e Inma Cuesta, en «Los miércoles no existen»

Crítica de «Los miércoles no existen» (***): El viejo desorden amoroso

Lo mejor que se puede decir esta obra autodefinida como «dramedia con números musicales» es que está en más de un momento a la altura de tan arriesgado punto de partida

D�a 16/10/2015 - 08.47h

Es toda una petición de principio, eso que el grupo punk de Eco & the Semiotics llamarían suspensión de la incredulidad, comenzar con una escena rutinaria en un café en donde los personajes se ponen a cantar: es como aquellos musicales cotidianos que tentaron Donen y Demy, o como un delicioso corto español que no recuerdo y que hacía lo mismo. Lo mejor que se puede decir del trabajo de Peris Romano y su nutrido y generalmente inspirado reparto es que esta obra autodefinida como «dramedia con números musicales» está en más de un momento a la altura de tan arriesgado punto de partida. Por ejemplo, las dos escenas iniciales, la primera casi sin salir del bar con una María León irresistible que trata de romper con un desastre de novio que no se entera; y la segunda con una Alexandra Jiménez que borda la mejor recreación que hemos visto de eso de «En cuanto encuentre las bragas me largo?», en este caso con ayuda de un William Miller que deletrea con regodeo y con tres x la noción de exceso.

Después de eso todo va un poco cuesta abajo, en parte porque parece que sienten la obligación de empezar a explicar las cosas, redondear los personajes y dotarles de psicología, y eso es más aburrido que el doble mazazo inicial que acabo de describir y en donde no importa mucho cómo se ha llegado a esa situación terminal, de terminar una relación. La cosa va a menos, digo, porque Eduardo Noriega y a veces también Inma Cuesta sirven menos para este tipo de actuación con una ceja levemente enarcada (su encuentro en otro bar nunca deja de parecer un poco forzado) y además les toca encarnar la dificultad de convivencia, la crisis de pareja y otros asuntos tristemente realistas como la vida misma sobre los que la película tampoco añade nada, más allá de pedirnos mucha empatía con los personajes.

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