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Crítica de «El último cazador de brujas» (**): El mazas de los mil años

Crítica de «El último cazador de brujas» (**): El mazas de los mil años

El mazas de los mil años es Vin Diesel, un vikingo o así salido de una fantasía heroica, condenado a vivir para siempre por una malvada reina bruja

D�a 30/10/2015 - 08.46h

El mazas de los mil años es Kaulder, un vikingo o así salido de una fantasía heroica, condenado a vivir para siempre por una malvada reina bruja a la que vemos siempre en modo (in)corrupto o sea mayormente fea de la muerte. Yo como fan fatal de Terrry Pratchett reivindico que hay (haberlas haylas) otro tipo de brujas: sin necesidad de ninguna lectura feminista del estereotipo, léanse el ciclo de meigas del llorado Pratchett y comprenderán por qué el único personaje interesante de esta película me ha parecido Chloe, una joven brujita caminasueños (no pregunten) que no acaba nunca de caer por el lado oscuro.

Pero bueno, me dirán, esto no es una película de personajes, ¿no es una del Vin Diesel? Sí, es mejor actor de películas de guerreros inmortales que Ch. Lambert en aquel engendro de «El inmortal», pero eso no es mucho decir. Vin cae simpático pero no transmite (ni se lo pidan) la angustia de ser inmortal, ni casi ninguna otra cosa: él es más del actors gym que del actors studio, lo mejor que tiene es esa voz que parece fruto de una sobredosis del antídoto del gas de la risa (ronca, vaya). Y la verdad es que, tras un prólogo fetén, la película tarda un rato en meterse en faena, con lo que lo mejor es rodear a Vin de atracciones: Michael Caine, por ejemplo, repitiendo de mayordomo de Batman sin hacer el esfuerzo de quitarse ni el maquillaje; o un Elijah Wood que debe andar de capa caída porque ha aceptado un personaje que es una tomadura de pelo. Los villanos de verdad que son poco memorables y todo parece reservarse para la gran traca final: se agradece que no nos atruenen durante todo el metraje pero tampoco nos animan demasiado el trayecto hasta la previsible Itaca final. Y lo peor es que lo dejan todo como preparado para una secuela, sin habérsela ganado.

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