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Crítica de «Ocho apellidos catalanes» (***): Reírse de la crema catalana, y no de los Pujol
Berto Romero, en «Ocho apellidos catalanes»

Crítica de «Ocho apellidos catalanes» (***): Reírse de la crema catalana, y no de los Pujol

En concepto, en tratamiento, en estructura, en personajes y en situaciones, esta película comparte una absoluta fraternidad con la anterior

D�a 20/11/2015 - 08.52h

En concepto, en tratamiento, en estructura, en personajes y en situaciones, esta película comparte una absoluta fraternidad con la anterior: donde ponía vascos, ahora pone catalanes. ¿Igual de graciosa?, ¿más?, ¿menos?... El añadido de los dos personajes nuevos a la «pandilla», el novio catalán y su catalanísima abuela son el hallazgo de esta secuela que quizá ya no debería viajar a otras Comunidades Autónomas. Lo excelso y gracioso de la anterior, está aquí: Karra Elejalde, que tiene uno de los grandes momentos de la película (las palmas en el tablao), estiliza enormemente su tosco personaje de Koldo, un vasco purísimo al que le sale constantemente el españolazo en su profundo y caricaturizado antiespañolismo; Dani Rovira, que calca a su personaje Rafa y al que lo único que se le puede reprochar es que ya lo conocíamos; exactamente igual que Clara Lago? En fin, todo esto ya estaba medido, reído y admirado, y ahora lo que queda es saber si también dan en el clavo de «lo catalán» como dieron en el de «lo vasco». Aunque se le nota cierta prisa al guión, y una excesiva fijeza en un escenario y un acontecimiento (la boda), creo que la película tiene la virtud de reírse de lo pura y esencialmente catalán: de la crema y no de lo accesorio, ni de la coyuntura política, ni de lo trágico. Se ríe del aspaviento modernillo de Berto Romero, un hipster garrulillo con ínfulas, o del clasismo matriarcal de Rosa María Sardá, tan excluyente, discriminatoria y tan astuta y catalana. Habría sido un error caer en lo burdo de chistear con Pujoles, Mases y otros personajillos del día, hacer coyuntura y creerse satírico y mordiente. Hay al menos media docena de momentos cumbre, y aunque se atranca la trama en esa trinchera de las películas de bodas, encuentra lo esencial para bromear con ello, y está llena de guiños al respecto. Entiendo que las críticas no le sean favorables (no lo fueron en la primera), pues uno pide sorpresa en las segundas partes, como en «El Padrino». Igual de graciosa: ¿acaso tienen menos gracia los catalanes que los vascos?

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