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Crítica de «Los juegos del hambre» (***): El último flechazo de Jennifer Lawrence

Crítica de «Los juegos del hambre» (***): El último flechazo de Jennifer Lawrence

La sorpresa es ver ahí a Philip Seymour Hoffman, muerto hace ya casi dos años, lo que nos indica que esta película no sólo está unida o desdoblada de la anterior, sino que se rodaron al tiempo

D�a 27/11/2015 - 08.48h

Varias películas después, se llega, al parecer (nunca hay que fiarse), al último flechazo de Jennifer Lawrence en estos juegos, y tal vez sea ese último flechazo lo mejor de todo cuanto se ha visto en las cuatro películas: un gran momento de cine que podría servir de pasto para la gran filosofía y la teoría política. Hasta que llega ese momento de catarsis plena en el que Katnis Everdeen, la Sinsajo, se ha convertido ya por completo en la rebelde, desconfiada e intuitiva Jennifer Lawrence, la película continúa ese trajín de intrigas palaciegas, crueldad absurda, revolución sin evolución y personajes inmersos en los diálogos más romos sobre la libertad, la entrega, la traición y el amor aplazado, con gran vocación de diseño bélico y romántico?

La sorpresa es ver ahí a Philip Seymour Hoffman, muerto hace ya casi dos años, lo que nos indica que esta película no sólo está unida o desdoblada de la anterior, sino que se rodaron al tiempo. En todo caso, la presencia y la mirada torva de Seymour Hoffman, testigo de la evolución «política» del poder y de la resistencia, le proporciona esquinas a esa pared.

En realidad, entre las escenas de acción, los conflictos entre distritos, la batalla por el Capitolio, los encuentros y desencuentros sentimentales entre Katnis, Peeta y Gale («te quiere más a ti; no, al que quiere de verdad es a ti»), hay que admirar llegados a este punto final la fusión de Jennifer Lawrence con su personaje, que ya son uno y trino; esa picardía facial de Julianne Moore y Seymour Hoffman, que destrivializa un poco el asunto, y la enorme capacidad de Donald Sutherland para colorear a su villano, ese presidente Snow que tiene la grandeza rastrera de los muy canallas. Y hay que admirar también el músculo de algunas escenas, como la de la plaza inundada de brea o toda la persecución de esos tales «mutos», como «orcos» pero un poco más feos, y también ese desenlace entre épico y lírico, con un epílogo como Dios manda. Igual se ha acabado de verdad?

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