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Crítica de «El viaje de Arlo» (***): El zarpitas y el manazas

Crítica de «El viaje de Arlo» (***): El zarpitas y el manazas

El principal problema de esta película es que comienza tan bien, con un gag cósmico, darwiniano, a la altura del hueso y el mono de 2001, que todo lo que sigue desmerece.

Día 27/11/2015 - 08.46h

El principal problema de esta película es que comienza tan bien, con un gag cósmico, darwiniano, a la altura del hueso y el mono de 2001, que todo lo que sigue desmerece. En realidad lo que ocurre es que la trama tarda en arrancar y parece deslizarse primero por esa variante de «dibus para niños-niños» que a algunos adultos nos echa para atrás después de haber saboreado otro tipo de manjares de Pixar.

Porque parece tratarse del retrato de un dinosaurio chiquito, el más mono que se recuerda desde el Dino de los Picapiedra (todos fuimos niños, qué se creen), un «dino» que es un poco tontín y miedosito y a quien debemos ver madurar, etc. Pero aunque es eso en esencia lo que aquí se cuenta, la verdad es que Pixar no tarda demasiado en hacer honor a su fama de estudio sin mácula, vamos, sin película mala.

Y lo consigue de dos maneras. Primero, con la introducción de un personaje, una especie de demonio de Tasmania que a la postre resulta ser humano (aunque no tanto como Arlo) y, segundo, apelando a la estructura y la textura (los paisajes, el rito de pasaje de un duro viaje, y hasta las estampidas de bisontes) del más clásico cine del Oeste.

Cuando uno se da cuenta de que estamos en Monument Valley -aunque ya desde el principio estemos en territorio de, digamos, Raíces profundas- es demasiado tarde para reaccionar? y es a partir de entonces precisamente cuando la película juega sus mejores bazas, hasta alcanzar un final melodramático de primer orden.

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