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Crítica de «En el corazón del mar» (***): Sin Achab, lo grande es la ballena blanca

Crítica de «En el corazón del mar» (***): Sin Achab, lo grande es la ballena blanca

La película cuenta la historia de un naufragio, no de una obsesión. Tanto se disfruta en ella de todo el esplendor de la arrancada, como se padece toda su zona de depresión y desenlace

D�a 04/12/2015 - 17.03h

Melville escribió «Moby Dick» para hablarnos de las obsesiones, por el mar, por el monstruo, por dar su pierna pero no su brazo a torcer?; para hablarnos de que con, según qué enemigos, la paz se firma con la muerte; para hablarnos del capitán Achab y su ofuscación y miedo. Hizo sobre ello una película Huston que algo de esto contaba. Ahora, Ron Howard, se va un poquito más atrás, cuando el escritor Melville escuchó la historia del gran cachalote blanco de boca del único superviviente del Essex, barco ballenero protagonista de un encuentro obsesivo.

La película cuenta, pues, la historia de un naufragio, no de una obsesión (aunque existe en la película, pero no es la de Achab y su pata de palo, que no aparece, sino la del bestial monstruo, que es el que necesita un psiquiatra), y tanto se disfruta en ella de todo el esplendor de la arrancada, de la atmósfera portuaria y del buen coloreado de sus personajes (ese duelo tonto entre el petulante capitán que interpreta Benjamin Walker y el digno primer oficial que encarna Chris Hemsworth) y del brillante tramo de las escenas marítimas y de gran pesca, como se padece toda su zona de depresión y desenlace, ya sin belleza de ningún tipo ni brillantez literaria, porque el narrador es el viejo Nickerson (Brendan Gleeson), grumete primerizo en la aventura que cuenta, y no aquel Ismael que se inventó Melville que sabía que tenía que hacerse a la mar cuando se sorprendía con un gesto triste en la boca, o cuando se paraba ante las tiendas de ataúdes, o cuando derribaba el sombrero a los transeúntes? Es una película muy visual y entretenida, que alude a los contornos de esa historia llena de grandeza sobre el duelo eterno entre el hombre y sus monstruos, y que rebuscaba en el corazón del hombre, no en el del mar. Sustituye Ron Howard esa búsqueda y esa grandeza por imágenes sorprendentes, impresionantes, y por una cuestión moral (de qué no es capaz el hombre por sobrevivir) que poco tiene que ver con Melville.

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