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Crítica de «Techo y comida» (***): Cuando se pasa hambre

Crítica de «Techo y comida» (***): Cuando se pasa hambre

Tiene entre otros méritos uno muy especial: ponerle cara a la crisis que azota a nuestro país, encarnar esos millones de desempleados en un personaje concreto, pasar de la macro a la microeconomía

D�a 04/12/2015 - 17.03h

Esta película tiene entre otros méritos uno muy especial: ponerle cara a la crisis que azota a nuestro país, encarnar esos millones de desempleados en un personaje concreto, pasar de la macro a la microeconomía. En este caso, muy «micro»: Rocío, la protagonista, es una madre soltera que se las ve y se las desea para sobrevivir y mantener a su hijo de 8 añitos. Sus patéticos esfuerzos por encontrar un trabajo, cualquier trabajo, se enfrentan con una desoladora realidad social, que aquí exhibe su reflejo en Jerez de la Frontera, pero podría extrapolarse a muchos otros lugares. Y su odisea debe llevarla en silencio no sólo, como parece en un principio, para evitarle el disgusto a su niño, sino para evitar que trasluzca lo desesperado de su situación y le quiten su custodia como en aquella terrible película de Ken Loach contra la «crueldad» de los servicios sociales llamada Ladybird Ladybird, de la que esta es una versión menos tremendista pero no menos deprimente.

Una propuesta como la de «Techo y comida» es impecable, desde luego, desde el punto de vista de sus (buenas) intenciones pero lo que la redime finalmente, lo que la hace realmente efectiva, es su ejecución. El trabajo del director Juan Miguel del Castillo se distingue por no cargar las tintas, por no conducir nuestra mirada ni dirigir nuestras reacciones; esta voluntad que algunos encontrarán ingrata de despojarse de atajos y facilidades, evoca los méritos de «La influencia», otro ejemplar título español sobre una mujer desesperada. Sin arrogarse ninguna representatividad (ni es okupa ni forma parte de un grupo organizado), Rocío aparece como un ser desvalido cuya condición material se despliega ante nuestros ojos.

Y, claro, una película tan concreta, tan pegada al cuerpo y al rostro de un personaje que no se explica, que sólo gira en un círculo vicioso cada vez más estrecho, necesitaba la entrega y la capacidad de evitar pedirnos limosna sentimental que demuestra tener una sorprendente Natalia de Molina.

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