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Crítica de «Macbeth» (****): El rostro de la ambición, el gesto de la política

Crítica de «Macbeth» (****): El rostro de la ambición, el gesto de la política

Lo que más claramente se aprecia en esta película de Justin Kurzel es su ambición por ponerse a la altura de las dos grandes adaptaciones, la de Orson Welles y la de Akira Kurosawa

D�a 23/12/2015 - 20.51h

Sólo un cine tan ambicioso como el propio Macbeth puede abarcarlo, y lo que más claramente se aprecia en esta película de Justin Kurzel es su ambición por ponerse a la altura de las dos grandes adaptaciones (de las muchas) que se han hecho hasta ahora, la apresurada, rudimentaria y personalísima de Orson Welles, y la magistral y original de Kurosawa titulada «Trono de sangre». Con solo una película («Snowtown»), Kurzel encuentra un tono personal para trasladar la obra de Shakespeare sin moverle las comas, aunque, de un modo sutil, sí le mueve la botonadura al traje que recubre algún personaje, como, por ejemplo, el de Lady Macbeth (Marion Cotillard), de perfil más bajo, menos frío, no tan venenosa como la genial Isuzu Yamada en la película de Kurosawa, que es como un hilo de hielo en la espalda. En esta película, la maldad de Lady Macbeth palidece frente al enorme desenfoque mental que Michael Fassbender le arranca a su personaje, que no induce tanto a una reflexión sobre la ambición, como sobre la poderosa burla del destino: la profecía como inductor a que corras a tu cita con la fatalidad. La ambición de esta mirada de Justin Kurzel hacia este texto trágico tan peinado sobre el poder, la premonición y los medios para conseguirlo empieza por la elección de su protagonista y ejecutor, Michael Fassbender, un actor «masilla» de excelente verbo y que se esfuerza aquí por ser tan físico como Orson Welles y tan explosivo como Toshiro Mifune: el Macbeth de Fassbender, embarrado, tintado, ensangrentado, alberga tanto las dudas de Hamlet como la crueldad de Ricardo III, y la cinematografía de Kurzel lo subraya en todas estas propiedades, ambicioso, dubitativo, cruel, temeroso y trágico? Y, aunque apartando la mirada (fuera del campo de la cámara), no esquiva la escena más escabrosa y brutal de la obra, que incluso Kurosawa evitó con un golpe de guión, que es la de la matanza de la mujer y los hijos de McDuff? Hay, pues, voluntad y fortaleza en esta película en cuanto al piélago de intenciones de la obra de Shakespeare, otorgándole más carácter, o más diverso, a algunos personajes, pero donde se comprueba la ambición del director es en su puesta en escena, furiosa en exteriores y sibilina en interiores, con una filmación abrumadora de los primeros planos, de rostros terrosos y sentimientos brutos, y en los planos generales tan desolados y fríos. La filmación de las escenas de lucha le ofrecen a uno la posibilidad de asombrase al tiempo que deduce si aportan sólo estética o también ética y profundidad, pues utiliza sin medida la cámara lentísima, casi congelada, y convierte el ímpetu y la ferocidad del espadazo en impronta o lienzo. Es discutible, pero también es efectivo y aparatoso. Toda adaptación de Shakespeare necesita, lo primero, escuchársele el verso, y en este sentido Fassbender lo borda, pues deja oír lo fastuoso del texto y deja que, además, sugiera toda esa trama sobre la irresistible atracción del poder, sobre los atajos que nos ofrece el destino para conseguirlo, sobre la cantidad de sangre o decencia que hay que derramar para tomarlos y sobre la fatalidad que aguarda como premio. Lo que hoy llamamos situación política.

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