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Crítica de «Los odiosos ocho» (***): El fabuloso arte de llenar el vacío

Crítica de «Los odiosos ocho» (***): El fabuloso arte de llenar el vacío

Es difícil no entender la fascinación que produce el brillante tarantineo de esta película y el interés y la adoración que causa en la crítica y en el público

Día 15/01/2016 - 12.42h

Cómo no entender la fascinación que produce el brillante tarantineo de esta película y el interés y la adoración que causa en la crítica y en el público. Tarantino es el cine, o al menos una manera de entender el cine, y ha absorbido un siglo de lenguaje para voltearlo y expresarlo con absoluta personalidad: cualquier cliché, en sus manos, es un hallazgo. Al modo del western, teatraliza una obra al modo de Agatha Chistie, y al modo de una obra plena y entretenidamente claustrofóbica, nos ofrece una cinematografía al modo insólito del más puro Tarantino. Un largo preámbulo por paisajes nevados para presentar a los personajes y para reunirlos en un escenario, una parada de diligencias, la Mercería de Minnie, en el centro de ningún lado. Personajes obsesivos en el universo Tarantino. Dos cazarrecompensas (Kurt Russell y Samuel L. Jackson); la habitual femme fatal de su cine, la psicópata Daisy Domergue (Jennifer Jason Leigh) de mente y dentadura muy sucia; el coro de pistoleros de traza aviesa, y un general confederado que interpreta con filosófica quietud Bruce Dern? Afuera, la tormenta, y adentro, la amenaza de tormenta. Casi tres horas de puesta en escena que puntea la tensión con los mejores instrumentos del método Tarantino, con unos diálogos llenos de sustancia y gracia, aún en su banalidad, y con unas escenas que restallan contra cualquier tentación del espectador por evadirse de la trama, que se masca y se escupe como ese tabaco negruzco de saloon. El ¿quién es quién? y el ¿qué hace ahí? son los picos de atención de esa trama, aunque Tarantino consigue que todos se vayan pasando la pelota como en un rondo infernal. Todos los actores están sublimes, y especialmente el cazarrecompensas que interpreta Samuel L. Jackson, una especie de Poirot como escapado de una plantación de su anterior película, «Django desencadenado», de cuyas letanías (¡qué tensión en lo del enorme pene negro!) saca la película su mejor baza para colocar la gracia entre la desgracia (el verbo tarantinear). Todo excelso, brillantísimo, shakespeariano, narrativamente complejo (con esa voz en «off»), musicado por Morricone para acompasarse al latido del género, violento y chorreante?, todo ello sin peros, pero? , ¿alguna idea útil, o inútil, en el interior de ese monumento cinematográfico?... O a la película le falta grandeza o a mí talento para encontrársela.

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