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Crítica de «La juventud» (****): El ocaso, o el plástico del caramelo

La decadencia es el deterioro con estilo, el preludio del fin pero con paso lento, traje de lino y sombrero panamá

Día 21/01/2016 - 20.13h

Dirección: Paolo Sorrentino. Con: Michael Caine, Harvey Keitel.

Tal y como lo ve y muestra Sorrentino, la decadencia es el deterioro con estilo, el preludio del fin pero con paso lento, traje de lino y sombrero panamá. Empeñado en atrapar instantes de ese preludio en todo su elegante pesimismo dibujó a Jepp Gambardella en «La gran belleza», y ahora, en esa misma cima de la montaña mágica, en un balneario suizo, coloca a dos personajes con la nariz ya en la contraportada de su biografía, dos amigos, dos directores (uno de orquesta y otro de cine). No hay ironía en el título, pues «la juventud» es lo que mueve y colorea el mundo mientras ellos boquean como peces y miran estupefactos desde la pecera de su decadencia: Michael Caine y Harvey Keitel resumen la infusión de la juventud, el declive y la gran belleza con su mirada de charco en la escena en que Miss Universo (la actriz Medalina Ghenea, difícil de describir en seco) entra desnuda en la piscina en un magistral elogio de la espiritualidad de la carne.

Sorrentino describe el jardín de las delicias a través de los ojos de su pareja protagonista, uno rendido a la música de ese preludio final, y otro aún en combate con lo que él cree su último asalto, su último proyecto de película. Y el argumento expone las ironías del paisaje presente y a la vez el paladeo no del todo agradable de lo pasado y de lo perdido. Son hallazgos del estilo recargado de lírica y sentimiento (de juego y grandilocuencia) de Sorrentino los momentos del plástico en los el músico devuelve orden al ruido con la música de ese plástico) o su orquesta de cencerros con las vacas del lugar, o esas conversaciones con el joven y desubicado actor (Paul Dano) sobre la ligereza como forma de perversión. En realidad, el personaje de Michael Caine es lo que queda de Gambardella cuando se le agota el cinismo? Hay juego y grandilocuencia, aunque en otro sentido muy distinto al que se le atribuye de felliniano, en su panegírico a lo excelso de la decadencia, como ese personaje clon de Maradona, grotesco en su obesidad y del que emana la grandeza de su pie izquierdo con una pelota de tenis? Y entra con el cepillo en la madera humana con la escena de verdades escupidas entre Keitel y Jane Fonda, su Norma Desmond?

Película esencialmente de instantes, de lascas de brillantez y emoción, barroca en su molde y ambiciosa en su horneado, y tan hermosa, exasperante, lúcida y crepuscular que también podría haberse titulado «La gran belleza», pero luego, porque, aquí, en este exceso de emocionante estilo, ya no se mide con Fellini, sino con él mismo.

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