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Crítica de «Carol» (****): Comerse con la mirada

Crítica de «Carol» (****): Comerse con la mirada

El primoroso cineasta Todd Haynes recoge toda la sutileza, clandestinidad, estilo y pasión de esa historia en la que Cate Blanchett y Rooney Mara se comen con la mirada

Día 05/02/2016 - 09.27h

Patricia Highsmith escribió con pseudónimo a principio de los años cincuenta esta historia que narra la relación intensamente amorosa entre dos mujeres, la joven y soñadora Therese Belivet y la madura y fascinante Carol Aird. El primoroso cineasta Todd Haynes recoge toda la sutileza, clandestinidad, estilo y pasión de esa historia en la que Cate Blanchett y Rooney Mara se comen con la mirada.

El punto de vista es el de la joven Therese (que es, en realidad, la entonces joven Highsmith), vendedora navideña en una tienda de juguetes que paladea con los ojos la aparición en el plano de Carol-Blanchett, quien camina por la piel de esta película con esa elegancia tan untada de sensualidad en el detalle como el primer párrafo de «Lolita», y casi se le aprecia a la hipnotizada Belivet el viaje de su lengua al borde del paladar para decir «Ca-rol».

El punto de vista principal de la historia lo intepreta Rooney Mara, aunque al Oscar principal aspire Cate Blanchett y ella sólo al secundario (misterios de la hipnosis), y el toque exquisito de Todd Haynes trunque el hilo narrativo, pero no su lógica: empieza por el casi final, y nos remite como un muelle a un «flash-back» del principio, del encuentro, para recorrer el camino de estas dos mujeres ya hasta un final memorable y definido otra vez más en un modo de mirarse; o mejor, en un modo de comerse con la mirada.

Tiene esta película algo de lo que muchos años después nos muestra a pelo «La vida de Adèle», aunque lo tiene en tono años cincuenta y al aroma Sirk, con descripción contenida, serena y melodramática de la agresividad del ambiente familiar en que vive Carol, con un marido indeciso entre ser víctima o verdugo y dispuesto a pelear en público lo clandestino (la indefensión y la justicia ofensiva son aliños narrativos del otro romántico hilo argumental). Hay tanta distinción y respeto al sentido de la época, el lugar y la historia que la ambigüedad es su rasgo principal: ni un detalle que muestre o sugiera nada que no sea el buen gusto y la sensibilidad extrema, y la mirada de Belivet-Rooney Mara, desde sus ojos o desde su cámara fotográfica, es la temperatura y el termómetro erótico de la pantalla, como un Wong Kar Wai en technicolor pero sin maquillarse ante el espejo.

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