ABC.es

HoyCinema

patrocinado por .
Crítica de «Brooklyn» (***): Saoirse de Irlanda

Crítica de «Brooklyn» (***): Saoirse de Irlanda

La nostalgia y la adaptación del inmigrante ha estado siempre en el alma del cine, y no sólo en el cuenco de sus argumentos, sino también en el cuenco del cerebro de sus más grandes directores

Día 26/02/2016 - 09.28h

La nostalgia y la adaptación del inmigrante ha estado siempre en el alma del cine, y no sólo en el cuenco de sus argumentos, sino también en el cuenco del cerebro de sus más grandes directores, inmigrantes o hijos de ella. En John Ford, este cuento hubiera sido al revés: inmigrante irlandés que vuelve de los Estados Unidos; aquí, en la película de John Crowley (con guión del británico Nick Hornby, muy reputado), el sentido no es de vuelta, sino de ida, y narra la peripecia sentimental y romántica de una joven, Eilys Lacey, que se instala con toda su pesadumbre y toda su mirada vuelta al prado verde de su Irlanda natal, en el barrio de Brooklyn, en los años cincuenta, cuando se podía oler la colonia irlandesa desde el otro lado del puente.

Es un retrato amable, lleno de dulzor y amargura, plasmado con gusto cromático y emocional por un cineasta sin ínfulas, que le permite a las dos grandes estrellas de su película, la emoción y Saoirse Ronan, adueñarse de cada una de las escenas sin que la cámara o el sello del director pretenda entrometer un adjetivo mejor. A eso suele llamársele «clasicismo», y es tanto una moneda en desuso como un bono seguro en las manos de quien mira la pantalla desde una butaca de pago.

La historia se enriquece con el personaje del joven italiano y con el juego de tradiciones y de cultura popular (el momento cena y costumbres italianas es cercano y sedoso, como son cercanos y ásperos los momentos «cena» en la casa de huéspedes de señoritas irlandesas). Es absoluto el poder de la joven actriz Saoirse Ronan en la piel de la historia, y probablemente imbatible (acaso la impresionante actuación de Brie Larson en «La habitación», que también se estrena hoy) en los Oscar de ya mismo.

Ronan expresa, sin mayor aparato que su talento, la enorme complejidad dramática de su personaje, y se deja leer pensamientos y sentimientos con precisión, discreción y cercanía, pero no es difícil reparar también en la climática italianidad actoral del joven Emory Cohen, que sabe resolver las dudas (de ella y del espectador) y acoplarse con encanto a lo engañoso del sueño americano.

Comentarios