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Crítica de «Cien años de perdón» (***): La inmundicia que nos rodea

Crítica de «Cien años de perdón» (***): La inmundicia que nos rodea

Las películas de atracos a bancos tienen tirón, siempre lo han tenido, mucho más ahora cuando parece que se han convertido en el pim pam pum de cada día

Día 04/03/2016 - 16.55h

Las películas de atracos a bancos tienen tirón, siempre lo han tenido, mucho más ahora cuando parece que se han convertido en el pim pam pum de cada día. Lo son tanto que la mayoría de las veces el espectador acaba poniéndose de parte del atracador en vez del atracado. Ha pasado en innumerables ocasiones y, aludiendo a ese pasado, Calparsoro ha trenzado una tela de araña con fuertes influencias sociales, una trama en la que todos tracionan a todos, en las que hay desconfianzas, duelos de dos a varias bandas y una tensión que busca el equilibrio con ciertas dosis de humor.

El problema es que, localizada en Valencia, la historia ha pasado en los últimos meses a ser tan real que ha adelantado a la ficción por derecha, izquierda, por arriba y por abajo. Eso desequilibra la intención real de los guionistas pues la basura política cobra tanto protagonismo que desborda los pilares del equilibrio: la amistad entre los espléndidos Tosar y Rodrigo de la Serna, los toques de humor y las aristas del atraco en sí.

Sin embargo, esa vomitiva realidad de la política no resta valor a la cinta, por el contrario la hace más clarividente a los ojos del espectador, que asume como suya la indignidad que se eleva por la garganta e irrita la mirada. Tanto es el giro que da el guión que los malos acaban siendo buenos, ganándose la admiración de la butaca, mientras que los buenos van ganando rencor y odio hasta acabar perdiendo toda decencia y humanidad hasta llegar a ese último acto desesperado de buscar un plan para eliminar inocentes con tal de taparse las espaldas.

Es una película de grises, de grises claros, de grises oscuros, donde nadie está limpio, donde se destapa la caja de Pandora y sale a flotación la inmundicia que nos rodea y nos ahoga por todos lados. Calparsoro no ha escatimado y a pesar de que su referente fuera Tarde de perros (no Plan Oculto como parece), más bien le ha salido un El mundo es nuestro, pero mucho más en serio, tanto que se ha convertido en una denuncia social de alto calado.

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