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Crítica de «El libro de la selva» (***): Corriendo con lobos otra vez

Hay que ser muy pejiguero para ponerle pegas a esta orgía de autocelebración del paradigma Disney

Día 14/04/2016 - 13.08h

La secuencia inicial confirma las peores expectativas, las que uno tiene cuando se resigna a ver una nueva e ¿inútil? versión de un libro que adora fieramente: esa persecución en la jungla parece un anuncio de una (próxima) atracción en un parque Disney o una autopromoción del flamante formato en 3D. La servidumbre de la composición visual a la «lógica tridimensional» se mantiene, por desgracia; pero la genuina sorpresa no tarda en llegar.

El espectador reticente se acomoda en la butaca y empieza a disfrutar: no es una adaptación fiel, sino una variante de la historia original, que recorre los mismos puntos fuertes pero para alguien que ya conoce la trama. Es un Kipling que es también un post-Kipling, y es que no podía ser de otra forma. Es algo muy sutil pues se cuenta en realidad lo mismo, pero sirve para disolver la impaciencia tanto del narrador como del espectador posmoderno ante el «cuento de siempre». Quiere esto decir que el director Jon Favreau sabe que el espectador sabe que? etc. etc. Pero convierte ese maliciamiento en una fuente de placer, al incluir por ejemplo una escena de estampida que ya estaba en «El rey león», pero también en una reciente animación de la casa con dinosaurios (¿es esto un tropo Disney?). O al dilatar al máximo el momento de ceder a la tentación de tirar de la versión Kipling también de animación y también de la casa: llega en el instante justo, cuando hasta el más hostil prejuicio se derrite al oír que la voz del oso Baloo es la muy reconocible de Bill Murray (¿qué actor más osezno que él, ahora que nos falta Matthau??). Cuando estalla entonces la famosa canción «Bare Necessities» hay que ser muy pejiguero para ponerle pegas a esta orgía de autocelebración del paradigma Disney.

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